miércoles, 27 de marzo de 2013

Delfines comunes: Forjadores de leyendas.



El delfín común oceánico (delphinus delphis) también es conocido como delfín de aletas cortas y pertenece a los cetáceos odontocetos (dentados). Hasta hace pocas décadas se creía que era el único delfín de los océanos. Existe otra especie que no debe ser confundida con esta, llamada delfín común costero (delphinus capensis).
Habita en aguas tropicales y subtropicales de los océanos Atlántico y Pacífico. También son encontrados en el Mar Mediterráneo, Mar Negro, Golfo de México y Mar rojo. Algunos ejemplares han sido encontrados en el océano índico y en mares japoneses.
Optan por nadar en zonas donde la temperatura supera los 10° C. Se trasladan a 11 km/h pero cuando quieren alcanzar alimento, aceleran alrededor de 47 km/h.
Es uno de los delfines más pequeños con una longitud de 2.4 y un peso de 110 a 136 kg siendo las hembras más pequeñas que los machos.
El pico es alargado y más puntiagudo que otras especies de delfín. En cada lado de la mandíbula contienen 20 o más dientes fuertes, afilados y curveados, ideales para que no logren escapar sus presas.
La coloración es una de sus mayores características, pues la parte dorsal superior es gris oscuro y la zona ventral es blanca. Una raya oscura se extiende desde la mandíbula inferior hasta una de sus aletas.
Son muy sociales y casi nunca andan solos. Siempre realizan sus actividades acompañados de otros miembros, siendo una de las especies más abundantes y con mayor número de integrantes.
De igual forma son muy juguetones como la mayoría de los defines y realizan varios tipo de acrobacia saliendo del agua. Los delfines adultos son respetados y suelen actuar como “maestros” de los ejemplares más jóvenes.
Los delfines en general se han considerado animales muy inteligentes debido a muestras de comportamiento que se creían propias del ser humano. Esta especie demuestra cariño y empatía hacia los compañeros enfermos, ayudándolos a respirar en la superficie cuando no pueden hacerlo solos. Cuando alguno muere los demás demuestran tristeza y cuando son rencontrados, especialmente en cautiverio, se emocionan y comienzan a jugar.
No tienen muy buena visión, especialmente en aguas turbias y oscuras pero se guían por medio de los sonidos. Ellos se comunican por medio de vocalizaciones parecidas a un silbido.
Se alimentan de calamares, pulpos y peces como sardinas, anchoas y merluzas, pudiendo consumir poco más de 9kg al día. Suelen empujar a sus presas fuera del agua y atraparlos en el aire.
Son vivíparos y las madres tienen por lo regular una cría, aunque se han dado casos de nacimientos de mellizos y trillizos. Alcanzan la madurez sexual máximo a los 15 años de edad.
En el período de cortejo, machos y hembras frotan sus aletas y nadan de un lado a otro juntando sus cuerpos para finalmente aparearse en posición de vientre con vientre.
El período de gestación dura máximo 12 meses y las crías nacen de aproximadamente 92 cm de largo y de 11 a 16 kilos de peso. El recién nacido toma leche por medio de chorros lanzados por su madre durante seis meses para después consumir alimentos sólidos.
Su promedio de vida útil en estado salvaje es de 20-30 años de edad.
Existe una extensa población de delfines comunes oceánicos, sin embargo, debido a la matanza descontrolada, las capturas accidentales en redes pesqueras y la contaminación que día con día invade su hábitat, se han puesto en marcha leyes para la protección y conservación de esta y otras miles de especies marinas que corren el peligro de desparecer. (BioEnciclopedia)

Un pequeño delfín común será el encargado de traernos la sexta (y penúltima) virtud de las Piedras de Ceto: La inocencia. Y siendo como es ésta una palabra tan llena de matices, el encuentro de Élias y su grupo con el "chiquillo" de esta especie en aguas jónicas, tras despedirse de los rorcuales y ya en compañía de Argos y Sombra, deberá ser analizada desde distintos ángulos.
En primer lugar, el joven delfín común es una víctima inocente. O sea, está libre de culpa. Ni el y su inanición ni la familia que ha perdido son culpables de que los alrededores de la isla griega de Kalamos en el mar Jónico, antes reducto abundante de su especie en el Mediterráneo, se haya quedado prácticamente sin peces. La pesca indiscriminada es la responsable de esquilmar esas aguas, suyas por derecho desde tiempos inmemoriales. No me extenderé mucho en el cruel e injusto castigo que supone matar literalmente de hambre a unas criaturas que, casi de la noche a la mañana, ven arrebatados sus recursos para subsistir. Aunque la verídica historia de Kalamos es estremecedora creo que ya hablé suficiente de la hambruna que sufren muchos animales marinos en aguas mediterráneas cuando os conté la travesía del grupo por aguas baleares... Es algo muy triste sobre lo que siempre merece la pena reflexionar pero, en esta ocasión, ahí lo dejaré.
Porque la palabra "inocencia" tiene otra acepción mucho más hermosa. Tiene que ver con la pureza de espíritu, la infantil (que no pueril) ingenuidad, la liberadora fantasía... En definitiva, tiene que ver con los mitos y  las leyendas. Y aquí el asunto se vuelve a desdoblar, puesto que el joven delfín se nos muestra tan necesitado de sustento como de cuentos, de alimento (y, con él, de consuelo) no solo para el cuerpo sino también para el alma. Por ello, en su recuperación serán casi tan importantes como las sardinas que les ofrezcan, los fantásticos relatos que un conmovido Élias le desgranará en su convalecencia. Y este "niño delfín" enamorado de los mitos acabará siendo el que nos lleve como de la mano a la otra cara de la moneda, a la de estos mismos delfines como protagonistas de los  numerosos mitos que pueblan el imaginario de tantas y tantas civilizaciones.
Aunque merecerían mención aparte los muchos relatos míticos sobre delfines de río en la Amazonia, tratándose de delfines comunes yo voy a ceñirme a los mitos mediterráneos, reflejo de ese pensamiento inocente a nuestros ojos pero profundamente sabio de los antiguos griegos.
A este respecto, cuentan las leyendas que estando el dios Dionisio, señor del vino y los placeres, observando el mar con sus hermosos ojos azules desde un acantilado, fue visto a su vez por unos piratas que, a tenor de sus ricos vestidos, lo tomaron por un extranjero ilustre y decidieron secuestrarlo para pedir luego un rescate. Ya en alta mar, viendo su serenidad y apostura, muchos sospecharon de su identidad divina y quisieron deshacer lo hecho pero al final pudo más el afán de riquezas y los captores se mantuvieron en su malvado propósito. Entonces Dionisio, sin perder en ningún momento su sonrisa, llenó mágicamente de enredaderas, flores y hojas los mástiles y cubierta del barco. Luego se trasformó en un león con un gran oso a su lado y los piratas, despavoridos, saltaron al mar donde se convirtieron en delfines. Y es así que, desde entonces, sirven de por vida al epicúreo dios gentilmente.
Este es según dicen el origen de los delfines, de los llamados "espíritus del mar". Pero de esta historia se derivan muchas otras... Incluso el dios antagónico de Dionisio por antonomasia, el luminoso Apolo (¿os acordáis del concepto yin-yang de la entrada anterior?) juega un papel en la historia ya que se dice que fue el encargado de domesticar a los delfines y, por ello, siempre que era invocado como Delfino o Delfiniano, se erigía como guía y protector de los navegantes. Se dice también que este Apolo Delfino y su hijo Ítalo sufrieron un accidente en alta mar y que un grupo de delfines lo rescató con bien, depositándoles exánimes junto al monte Parnaso, no muy lejos donde luego se levantaría un templo en honor al dios que alcanzaría renombre por su famosísimo oráculo: Delfos.
En fin, así podría seguir... Aunque la conclusión es clara: De seres míticos, venerados, criaturas sobre los que los propios dioses no toleraban agresión alguna... a la angustiosa situación actual de Kalamos y otros muchos lugares como él. Sí, en efecto, la inocencia siempre es vulnerable... por ello, más allá de dioses y religiones y en su sentido más profundo, debería ser SAGRADA.
 Sin que sirva de precedente, hoy no os ofreceré ningún vídeo. Hoy toca cuentos y un cuento final será lo que os presente. Este lo he encontrado por casualidad, fisgando por aquí y por allá, y me ha parecido tan honesto, tan limpio, tan bienpensante, en una palabra, tan inocente en la acepción más bella de la palabra, que creo que por esta vez está bien hecha la sustitución.
 
Los mitos perviven en el tiempo y apelan a esa parte inocente del alma que, por muchos años que pasen, nunca debería morir.

El mito de los delfines

El mito de los delfines
Cuentan las olas que la princesa Ness deseaba ser un delfín para sumergirse en el mar y recorrer todos los países acuáticos donde sus aguas eran de bellísimos colores. Un día su deseo fue tan grande que despertó al dios del océano de su sueño de siglos. El dios del agua le dijo que le concedería su deseo, pero tenía que esperar a la tarde del oro, el único momento en que los humanos podían convertirse en delfines.
La pequeña princesa esperó y esperó, hasta que una tarde un hermoso resplandor dorado surcó el horizonte; las aguas brillaban tanto que parecían encantadas. La niña escuchó unas extrañas voces que iban acercándose a la orilla; eran los delfines que la llamaban: ¡Ness! ¡Ness! ¡Ness!… Sin dudarlo, la princesa niña se quito su pequeña corona y se arrojó al mar. En ese mismo instante su cuerpo comenzó a transformarse, le nacieron aletas y su piel se volvió resbaladiza como la de un delfín.
Cuando logró ser un delfín, siguió a los otros delfines que le mostraron los secretos del mar, aprendió a reír y a jugar pero lo que nunca pudo imaginar la pequeña princesa era que su peor enemigo serían los humanos. Pronto pudo comprobarlo, al tener que huir de las redes de los pescadores para salvar su vida. En ese momento, la pequeña delfín quiso convertirse de nuevo en niña. El dios del agua le preguntó: ¿qué tesoros del mar te llevarías a la tierra? La princesa, recordó las perlas de nácar, los tesoros de los galeones perdidos… De pronto, Ness recapacitó. Encontró el mejor tesoro que podría llevarse a su reino y le contestó al hombre del agua: me llevaré el Arte, el Tao y el Amor, es lo más importante que me han enseñado mis amigos los delfines.
Instantáneamente la princesa Ness apareció tendida en la arena al lado de su pequeña corona, volvía a tener su cuerpo de niña.
En ese momento decidió que consagraría su vida a propagar las enseñanzas de sus queridísimos amigos los delfines: enseñaría a todos los niños de su reino a reír y a jugar para que vivieran felices. Y desde aquel día mágico, cuentan las olas que la princesa Ness, compartió con su príncipe azul, el Arte, el Tao y el Amor que le enseñaron sus amigos los delfines. Aprendieron que la alegría es la puerta del amor, crecer aprendiendo los valores esenciales para afrontar la vida, confiando en sí mismos y aprendiendo sin miedo al futuro.

Texto: Vanessa Rodríguez García, inspirado en el cuento “La tarde de plata” de Rosa Mª Badillo en su libro “Cuentos para delfines”.











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