miércoles, 9 de julio de 2014

Madrid. Feria del Libro 2014.


 EL PROPÓSITO (relato corto inspirado en mi último viaje a Madrid)

Se contaban por miles los visitantes que ese segundo fin de semana de junio recorrían, afanosos, el bochornoso a aquella hora de la tarde parque del Retiro. Sus razones para peregrinar arriba y abajo como salmones en ese movedizo río de humanidad― bastante apelotonados pero manteniendo casi unánimes una prudente distancia de seguridad con las concatenadas casetas de aquella Feria del libro 2014― eran muchas y variadas. Algunos habrían dejado para el final, pues aquello se acababa mañana, la compra del ejemplar más deseado y hacia él se dirigirían ahora, anhelantes, otros quizá confiaban en toparse “in extremis” con aquel escritor famoso que aún no se había dejado ver a pesar de estar anunciado y otros, en fin, puede que solo deambularan sin rumbo por no tener otra cosa mejor que hacer ese sábado a la tarde. Pero la Feria concluiría muy pronto, la Oportunidad se acababa y, por ello, en muchos corazones rebullía un propósito secreto. No, «un» no, mejor sería decir El propósito. Muy pocos eran conscientes de él, pero ahí estaba. Está. En muchos corazones. En muchos corazones rotos.

………………………..

                El empellón la hace parpadear, desconcertada. Un joven con una chupa negra, sus ojos aún demasiado cerca de los de ella, masculla huraño una disculpa mientras se frota el hombro izquierdo, no lejos del corazón, al tiempo que la corriente de caminantes no cesa de fluir en sentido contrario  y va alejándolo, implacable, de su posición.
                Ella es una mujer de esas que decían antaño “de bandera”. Hermosa, de cuerpo atlético pero al mismo tiempo grácil, con una larga y brillante cabellera negra y ojos dulces y azules como el cielo de verano. Viste con elegancia y sus movimientos son delicados pero también imbuidos de la seguridad que dan los años de saberse cómoda en cualquier lugar o situación. Toda ella irradia éxito. Y sin embargo… Y sin embargo ella ha llegado esa tarde al parque del Retiro en busca de refugio, para “desaparecer” entre la multitud. Esa misma mañana le han dado la noticia: tiene una extraña variante de Alzheimer y pronto lo olvidará todo: Que un día fue hermosa, que fue empresaria de éxito, que amó a su pareja y a sus hijos, que tuvo amigos. Todo. Al parecer, el proceso ya está muy avanzado, se resistió demasiado a ir al médico la que nunca enfermaba y, por si todo eso fuera poco, le han dicho que la velocidad del mal será exponencial, o sea, que las cosas se esfumarán cada vez más y más rápido.
                El joven de la chupa, todavía con una cierta molestia en el hombro izquierdo, se sigue dejando llevar por el flujo de gente mientras piensa en lo guapa que era aquella mujer de la melena azabache con la que se acaba de cruzar y esa tristeza que le ha parecido leer en su clara mirada le lleva a pensar en su madre, una mujer que según dicen también fue muy bella. Ahora ya no es ni la sombra de lo que fue y la culpa no solo es del tiempo… Los pensamientos saltan de su madre a su padre y la cólera, esa vieja amiga que le ha acompañado desde que tiene memoria, se reaviva en su interior. «El viejo torturador…» no es lo que más duele el maltrato físico, a eso tanto su madre como él han tenido una vida entera para acostumbrarse, no, lo que más duele es el menosprecio, la humillación latente en cada gesto, la anulación de cualquier atisbo de autoestima, ese «machaque» diario que les ha convertido en fantasmas en una casa en la que solo parece existir Él, señor de la vida y la muerte… El joven sabe que lo peor de todo es que un monstruo gemelo al primero ha ido creciendo en su interior, que es incapaz de pararle los pies pues «habita en sus zapatos», y que ese ogro infame que encima se las da de buen hijo también menosprecia en secreto a su madre no menos que a sí mismo, a pesar de lo mucho que la quiere, que la adora. A veces piensa que se lo merece, que ambos se lo merecen. Y jamás, ni por un segundo, se siente en paz ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?.... Podría ser el estribillo de la canción de su vida. Se lo cuestiona todo, como paso previo para echarlo todo a perder; amigos, parejas, proyectos…, casi con saña fanática, y la conclusión es siempre que la vida es un sinsentido. Y entonces viene, se diría que como una consecuencia lógica, la tentación de acabar con todo, de castigarle a él, y a ella… y a sí mismo, sobre todo a sí mismo, por no haber sabido jamás protegerla y protegerse. Porque la otra opción sería matarle a él, destruirle por completo de una vez por todas ¿Y luego qué?
                ― ¿Sabes a qué hora cierran las puertas?
                La juvenil voz corta de cuajo esa perturbadora línea de pensamiento. Una adolescente pelirroja, con sus largos rizos apenas disciplinados dentro de una torpe coleta, le mira con las manos metidas en los vaqueros y un leve balanceo adelante y atrás mientras sigue escuchando música por uno de sus auriculares.
                ―No… no lo sé… Creo que a las diez. Pero mejor pregunta a otro ― responde aquel joven de alborotado pelo castaño, bruscamente, sin poder disimular del todo la conmoción que siente en esos oscuros momentos.
                Quién sabe cuánto de todo ello capta la chica, pero el caso es que no le sale ni siquiera un «gracias» y con un simple gesto de cabeza, como dando por buena la sugerencia, se aleja precipitadamente. Por un instante, el joven piensa que la actitud desenvuelta de la chica es todo fachada y que en realidad ella está profundamente asustada. Sabe que nada de ello tiene que ver con él pero esa intuición le hace titubear, desear haber sido un poco más amable… pero, al perderla de vista, pronto acaba relegándola a un segundo plano en su mente para volver a seguir rumiando su rencor.
                En realidad la joven pelirroja no anda lejos. Se ha dejado caer con la espalda apoyada en el lateral de una de esas casetas que rematan cada grupo de doce o quince, permitiendo un breve pasillo entre grupo y grupo.
                «A las diez. Aún faltan horas…», piensa sin poder creer del todo lo que se ha propuesto hacer y notando cómo esa incredulidad acelera más y más los latidos de su corazón. Obliga a este último a aplacarse mientras concluye: «No importa. Esperaré. Pero no volveré con ellos. Nunca más. No lo haré». Imagina que todavía no habrán comenzado a inquietarse; los unos pensarán que está con los otros y los otros con los unos. Sabe que a nadie, ni entre los profesores ni entre los alumnos, su ausencia le importará en el fondo un comino pues no ignora que, lo pinte como lo pinte, nadie la quiere lo suficiente. No, “lo suficiente” sobra. Nadie la quiere y punto. ¿Por qué iban a hacerlo? Esas instituciones como en la que ella está ingresada desde que era un bebé ni dan ni esperan amor. Quien piense lo contrario es un cursi patético y un cretino. Y en realidad ella tampoco lo necesita; se las apañará muy bien sola. Lo único que quiere ahora, ahora que ya tiene quince años, es ser dueña de su destino, y Madrid, por poco pesquis que se tenga, seguro que le podrá proporcionar esa libertad fácilmente. Fingirá tener tres o cuatro años más y se convertirá en una hija de la calle como hay tantos, sí señor, pero por lo menos será libre… y sin tener que depender de nadie. Se dice a sí misma que el miedo que siente es solo a que la encuentren y la obliguen a meterse en el autobús de vuelta (de vuelta al orfanato, al maldito antro…) y que por ello tendrá que estar muy atenta y esconderse bien hasta que pase la hora de cierre. Supone que, por cubrir el expediente, al menos denunciarán su desaparición, pero ahí se quedará todo y los dos años y pico que faltan para su mayoría de edad pasarán pronto. Solo su terquedad le impide ver lo grande que es su miedo, las otras razones mucho más oscuras y evidentes y, en definitiva, lo indefensa e inexperta que aún es ante el mundo. Solo su corazón sin duda lo sabe con certeza y late alocado como si fuera el de un pequeño gorrión caído del nido.

………………………….

             Ha transcurrido un rato difícil de precisar desde que un campanario lejano dio la medianoche. Hace tiempo que la oscuridad es densa y las ordenadas casetas, en su disciplinada formación, parecen dormitar con las persianas echadas como blancos párpados de improbables cíclopes, bajo los pocos rayos de luna que consiguen escapar al abrazo del verdor. El silencio es, obviando el suave rumor del incesante tráfico nocturno circundante, casi total.
                Bastante más hacia el interior del parque en dirección al estanque, junto a  un sendero jalonado por bancos, la muchacha adolescente de roja y desgreñada coleta sale torpemente del tupido arbusto que le ha servido de escondite, sintiendo como un millón de agujillas el despertar de sus músculos entumecidos. Su cabello escarlata se ha vuelto ahora discretamente pardo en la penumbra que la envuelve pero el que su pelo llame o no la atención es lo de menos ya que, por fin, parece no haber nadie por los alrededores. El chico de la chupa de cuero debía haber hablado por no callar cuando dijo que cerraban a las diez… dos incómodas y largas horas más ha tenido que pasar agazapada hasta que el parque ha quedado definitivamente desierto y ha podido salir de su escondite. Pero apenas le ha dado tiempo a hacerse, ya erguida, una breve composición de lugar antes de que unos ahogados sollozos le sobresalten, descarnadamente magnificados en el silencio de la noche.
                Después de escuchar, petrificada y atenta, mientras la circulación de sus piernas cesa poco a poco en su hormigueo, la chica consigue calmarse lo suficiente como para que una urgente necesidad de saber qué significan esos lloros, tome las riendas. Intentando mantener el sigilo, la chica se dirige hacia donde parece proceder el sonido. Su origen no está lejos, apenas unos cuantos bancos más allá, pero ha sido la total quietud hasta entonces de aquella que acaba de romper a llorar la que le ha hecho fundirse, durante varias horas de alelada “ausencia”, con la oscuridad del parque. Y así hubiera seguido, completamente desapercibida, si ese llanto brotando sin anunciarse no la hubiera sacado de golpe de su perfecta invisibilidad.
                Quien sabe qué truculenta escena espera encontrar la joven pero, ahora que está a su altura, simplemente ve sentada en ese banco en sombras a alguien llorando, a una solitaria mujer de larga melena con el rostro escondido entre las manos, y a pesar de ser exactamente lo que prometían aquellos sollozos, ni más ni menos, es algo que de algún modo tranquiliza a la joven. No parece haber nadie más por los alrededores que le haya molestado o agredido y, sin saber muy bien el porqué de su audacia se acerca despacio al banco, confiando en no sobresaltar a su ocupante pero sin atreverse aún a alzar la voz para anunciar su presencia.
                Tampoco sabe explicarse a sí misma lo que la empuja a apoyar su mano en el brazo de la mujer que solloza pero, aunque el gesto induce a esta a asomar su rostro lloroso y mirar hacia arriba, ni antes ni ahora que está constatando la presencia de una extraña frente a sí, parece la mujer sobresaltarse demasiado. Lo que refleja su hermoso rostro es más bien desconcierto, una mezcla extraña de despiste y ensoñación pero sobre todo, como no deja de pensar la joven mientras la mira en silencio fijamente, una hondísima tristeza.
                Unos segundos después, la mujer manifiesta aceptar lo que ocurre sin querer hacerse demasiadas preguntas y se limita a dar unos golpecitos a su lado en el banco, en un gesto claro de invitar a la joven a sentarse junto a ella. Sin romper el silencio, tras unos instantes de desconcierto, la joven decide complacerla y se coloca a su lado en el banco. Ya no hay llantos que rompan el silencio y los sutiles sonidos de la noche en el solitario parque parecen querer arrullar a ambas mientras, sin cruzar palabra alguna, sin ni siquiera mirarse la una a la otra, fijos los ojos ante sí, se diría que ambas aguardan quién sabe qué.
Una alegre música de organillo comienza de pronto a escucharse muy cerca como si se tratara de otra hora completamente distinta y, en realidad, incluso de otra época en que aún hubiera organilleros en el parque del Retiro. Las dos ocupantes del banco, ahora sí, se miran la una a la otra, sorprendidas, pero enseguida la de mayor edad parece perder el interés y vuelve su rostro al frente, indiferente. Por su parte, la otra se ha levantado de un brinco y desea ir a investigar pero antes mira a la mujer pensativa, y descubre que no solo no le produce ningún temor o extrañeza su compañía sino que todo en su solitaria persona le transmite algo muy intenso, una rara mezcla de confianza y compasión difícil de ignorar. Sin haberlo planeado previamente, le tiende la mano y espera una respuesta. Al poco la mujer vuelve la mirada y parece sorprenderse de encontrar a la chica todavía allí pero también alegrarse por ello y, con una sonrisa casi de niña grande, con ojos un noventa por ciento tristes pero un diez incongruentemente risueños, toma la mano de la joven y se deja llevar en silencio.
                Caminan lentamente por el sendero y no tardan en llegar a una de las muchas encrucijadas del parque. El sonido persiste, alegre e invitador, y a él se suma ahora una luz, se diría que de camping gas, procedente del ramal de la derecha. Tomando esa nueva vereda, pronto llegan a la zona de las dormidas casetas de la Feria, en concreto a aquella área central en la que la línea algo sinuosa que parte de la puerta de la calle O´Donell parece enderezarse y   ensancharse antes de seguir atravesando el parque en esa agrandada dimensión, ahora convertida en doblemente rectilínea, separada en el medio por los distintos stands de empresas e instituciones. En el lugar al que ahora se aproximan, durante el día también suele haber pequeños tenderetes ambulantes, así que si no fuera por lo impropio de las horas y por ser ellas dos las únicas clientes potenciales que acuden al reclamo de esa pasada de moda melodía, la presencia del musical puestecillo no sería algo tan insólito. Una figura corpulenta sentada en una silla baja aguarda de espaldas a ellas pero, al parecer, ha debido de detectar su llegada porque, aunque no se gira, de pronto empieza a pregonar su mercancía al ritmo del organillo:
                ― ¡Souvenirs de la Tierra Hueca! ¡Souvenirs para pobres almas huecas directamente traídos de la Tierra Hueca! ¡Vengan, vengan a ver! ¡Seguro que encuentran algo a propósito para la ocasión! ¡Vengan a ver los souvenirs de la Tierra Hueca!
                Las palabras que escuchan no parecen tener mucho sentido para ninguna de las dos, pero la masculina voz que las profiere es tan hermosa y llena de matices que se sienten impelidas a acercarse al fulgor de aquella susurrante luz de gas. No obstante, alguien se les adelanta; seguramente procedente de otro de los senderos que allí convergen, diríase que este otro personaje aparece de la nada en el escueto perímetro iluminado. Las dos podrían haberle reconocido, ya que ambas han cruzado sus caminos con el recién llegado horas atrás―una por medio de un involuntario choque y otra a través de una pregunta cuya respuesta no sirvió de mucho― pero ni ellas lo recuerdan a él ni él a ellas y aunque alguno lo hubiera hecho, ninguno está en esos instantes pendiente de otra cosa que no sea el pregonero y su pequeño puesto.
                ―Ah, ya estáis aquí. Habéis venido los tres. Perfecto. Acercaos, acercaos, por favor.
                La más joven de las dos mujeres mira al chico con recelo tras su repentina aparición y ve un hilillo de sangre caer por su pómulo izquierdo, algo hinchado con respecto al derecho. Súbitamente se asusta no tanto por el desconocido en sí ―cuya atención, por su parte, sigue completamente focalizada en el individuo que les ha congregado en derredor― sino porque es ahora cuando comprende que ha sido una ingenua al pensar que el parque se quedaría desierto al caer la noche. Quizá el joven haya tenido un encontronazo con uno o varios guardias nocturnos o quizá con gente aún más siniestra pero lo que sí tiene claro ahora es que sola en aquella oscuridad ha corrido un peligro en el que en su inconsciencia no había pensado. También ella se acerca ahora a la luz con renovadas ganas, pues se suma la necesidad de rodearse de otras personas y escudarse en ellas, con lo que la mujer que sigue dócilmente sin soltarse de su mano, se acerca también situándose todos frente al hombre sentado, pero por más que lo intentan no son capaces de verle el rostro, las sombras parecen hacerse más densas en torno a su rasgos y solo su voz sigue invitándoles a que se acerquen, franca y acogedora.
                ―A estas horas, mis tarifas se vuelven de lo más competitivo―anuncia antes de soltar una risita, tras la que luego masculla: «ay, pero qué payaso soy… Pero, no, seamos serios». Vuelve a centrar su atención en los tres visitantes mientras retoma su saludo― Era una broma. En realidad, os ofrezco uno de ellos sin pediros nada a cambio. Digamos que son una especie de… talismán. Elegid el que más os guste― concluye, esperando su reacción con sumo interés.
                Los aludidos miran el contenido de la destartalada mesita y sobre un oscuro mantel aparecen desperdigadas muchas pequeñas figuritas antropomórficas de artesanía, como de hadas o duendes, con un cordel en la parte superior que indica a las claras su finalidad de ser colgadas al cuello. Mientras que los dos más jóvenes parecen no saber muy bien qué hacer, la mujer se suelta sin previo aviso de la mano a la que se sujetaba y toma una de las figuritas para luego mostrársela al vendedor como queriendo confirmar que puede quedársela.
                ―Sí, sí, póntela, ahora es tuya. Bueno, supongo que siempre ha sido tuya…― contempla compasivo a la mujer pasarse el cordel por la cabeza mientras comenta: ―Así que en tu caso se trata del miedo; estás llena de temor. Debe ser duro saber que poco a poco lo irás perdiendo todo, que irás perdiéndote a ti misma mientras vas hundiéndote en el olvido… Supongo que por eso has elegido a una diosa, y a una diosa guerrera más concretamente, porque quieres luchar contra esa pena y contra ese olvido. Sí, me parece perfecto, probablemente esa diosa incluso comience habiéndolo olvidado todo y luego, poco a poco… sí, definitivamente creo que has hecho una buena elección…
                ― ¿Pero qué significa todo esto? ¿Es que te estás queriendo quedar con nosotros?― le espeta, manifiestamente colérico, el chico. Tiene ya una de las figuritas dentro del puño, pues el cordel cuelga por debajo, y acompaña la pregunta de un agresivo gesto con dicho puño. Pero el hombre calla, ignorándolo y volviendo su atención hacia la más joven de los tres, la chiquilla pelirroja que ahora, inquieta, intenta ver con más detalle los rasgos de su figurita.
                ―Querida muchacha, tu elección también estaba bastante clara…― afirma, alegremente, ignorando aquellas últimas palabras y dirigiéndose a la chica―. Lo tuyo es un caso muy claro de soledad, desamor y, por consiguiente, de la profunda tristeza que eso acarrea. Tu figurita, al igual que la otra, es también bastante peleona y aventurera pero no se trata de una diosa ni falta que hace. Solo es una niña, como todavía lo eres tú también aunque te empeñes en negarlo, una niña que encuentra su hogar, un hogar grande, maravilloso y, sobre todo, lleno de seres que la quieren de corazón y a la que ella aprenderá a amar del mismo modo. Es una niña que un día será una mujer pero que antes habrá vencido a la tristeza y que, por lo tanto, vivirá una vida larga y feliz, sabiéndose dichosa y compartiendo esa dicha. Un destino verdaderamente hermoso, sí. Y en cuanto a ti, jovencito…
                Un estridente silbato hace callar al hombre cuando se dispone a hablar con el muchacho. Eso, sumado al atropellado correr de varios pares de botas en su dirección les informa que un grupo, previsiblemente de guardias nocturnos, se dirige veloz hacia ellos. Puede que la causa sea alguno de los allí reunidos y su extemporánea presencia en el parque o puede que no y que estén persiguiendo a otros intrusos pero en realidad da igual, el hombre del tenderete no parece querer quedarse a averiguarlo y sin mediar palabra, sin un gesto ni un saludo, pliega sus cosas y se pierde en las sombras en un visto no visto.
El joven vestido de oscuro, puede que escarmentado por algún encontronazo previo similar ―como bien podría dar fe, quién sabe, el rasguño del pómulo― no lo duda demasiado:
                ―Vamos, seguidme, tenemos que salir de esta zona sin árboles y meternos por los senderos pequeños hacia la parte más intrincada del parque. Corred.

………………………….
             
         Al poco rato están los tres sentados en un banco, jadeantes, y por el sonido cada vez más alejado del silbato parece que han conseguido dar esquinazo a aquellos que lo están usando. Es el joven el que vuelve a tomar la palabra.
                ―No sé qué opinaréis vosotras pero a mí me parece que ese tipo era un quincallero pernoctando en el parque y que, aprovechando nuestra presencia, ha querido exprimir a fondo el reclamo de la Feria incluso a estas horas, vendiéndonos algunas de sus baratijas. Cuando nos hubiéramos encaprichado lo suficiente con la de cada cual, hubiera venido lo de «soltar la mosca»… Bueno, pues lo que es yo, al menos, me pienso quedar con la mía. Por las molestias― concluye, colgándose también él la figurita del cuello.
                Después de un prolongado silencio en la que probablemente todos caen en la cuenta de que, en realidad, se acaban de juntar con dos absolutos desconocidos, parece que el joven, ya que es el que ha tomado la iniciativa a la hora de dirigirse a ellas, se siente en la obligación de dar un paso más.
                ―No penséis que yo suelo estar en el parque a estas horas ―dice, comprendiendo que ellas hasta podrían estar pensando perfectamente que es un delincuente o un pervertido―. De hecho, es la primera vez… lo que pasa es que me encontré con un par de tíos en una zona algo solitaria cuando ya oscurecía y precisamente estaba a punto de marcharme. Supongo que pretendían atracarme, así que yo intenté defenderme lo mejor que pude y, bueno… debí perder el conocimiento porque de lo siguiente que me acuerdo es de despertarme junto a un árbol cuando ya era de noche y el parque estaba cerrado.
                La penumbra reinante disipa en el chico la preocupación de que puedan observar su sonrojo. Pero qué mentiroso puede llegar a ser… La historia que les ha contado es casi verdad, pero no del todo; esos tipos no habían querido atracarle ni mucho menos, fue él el que eligió, más o menos conscientemente, a los que le pareció que podían dar el «perfil» y les provocó hasta conseguir la pelea que necesitaba para aplacar su cólera. Sí, le habían dejado algo machacado pero él también había repartido leña y ahora se sentía bastante mejor. Hasta que la presión volviera a ser insoportable… No era la primera vez que se metía en líos para sacar a flote su ira, pero sí la primera que no regresaba a casa por la noche y no serían un puñado de guardias jurados los que lo echaran de allí. Al pensar de nuevo en los guardias nocturnos comprende que ninguna de las dos va a creerse ni por un segundo que una pobre víctima de un atraco iba a optar por huir de la autoridad competente al oírla llegar y está por volver a tomar la palabra para decorar un poco mejor su mentira y, de paso, presentarse formalmente a ellas al tiempo que les pregunta sus nombres, cuando pasa algo sorprendente.
                Es una niña como de unos seis años con el pelo crespo más enredado que ninguno ha visto nunca y con unos ropajes demasiado grandes y de un aspecto extrañamente «vegetal». Viene corriendo por el sendero y, en principio les pasa de largo pero luego recula un poco y acaba plantándose ante ellos con una enorme sonrisa. Luego se lleva el dedo índice de la mano derecha a los labios pidiéndoles silencio en una prolongada “s” para luego decir en un susurro:
                ―Venid, deprisa, que no os vea.
                Y entre resoplidos de risas mal contenidas les insta, hecha un manojo de nervios, a que la sigan. Es tan exagerada en su caricaturesco sigilo y en sus incontrolables brincos de impaciencia, tal el encanto de su infantil desparpajo, que a ninguno de los tres les cuesta mucho acabar siguiéndola a la carrera hacia un grupo de árboles que conforman una especie de calvero. No tarda en aparecer aquella de la que se esconden los cuatro, bastante mal por cierto, ya que no les ha dado apenas tiempo de buscar un buen escondite y, si la primera les ha dejado sorprendidos, esta segunda les deja atónitos: es, incuestionablemente, de color verde.
                ― ¡Ah, te encontré, Ippuk! ¡Estás ahí! Sal ahora mismo, que te veo perfectamente. Y tráete a tus nuevos amigos contigo que los quiero conocer.

………………………….

                Al poco se encuentran los cinco sentados en círculo en ese mismo calvero, iluminados bastante intensamente por la luz de la luna. La mujer de piel verde y fieros ojos amarillos se dispone a hablar.
                ―Mi nombre es Gálora, ojos de fuego. Y ella―dice señalando a la niña, sentada junto a la chica pelirroja que  no deja de mirarla de hito en hito mientras estruja en su mano la figurita que cuelga de su cuello―, ella es Ippuk, moradora de los legendarios bosques cántabros. Las dos tenemos vínculos profundos con los árboles… quizá por ello nos gusta salir de aventura juntas― concluye sonriendo a la niña que le devuelve la sonrisa con entusiasmo.
                ―Pero la niña, Ippuk…―balbucea la muchacha que sigue aferrándose al colgante―… se parece muchísimo a la muñequita que me dio aquel hombre, pero muchísimo, muchísimo ¿cómo es posible…?
                ―A sí, el señor Piedra Palo, eso es porque yo seré tu madrina. Si tú quieres, claro…―dice la aludida mientras descansa unos segundos su manita sobre la rodilla doblada de la que está sentada a su lado, sonriendo―. Tu historia ha debido ser muy triste… y muy solitaria. Como la mía. Pero otra historia está aguardándote aquí, esta noche, en el parque del Retiro…
                ―Sí, aunque no será igual a la tuya; será otra― responde la mujer de la piel del color de las hojas, dirigiéndose a la tal Ippuk.
                Luego se vuelve hacia aquellos tres que tienen todos sus sentidos volcados en ella.
                ―Ha llegado el momento en que sepáis toda la verdad. Habéis de saber que todos los años, en este parque del Retiro, al terminar la Feria del libro es tal la acumulación de fantasía que se trasforma en verdadera magia. Es una magia muy poderosa que durante una sola noche, la última noche de feria, consigue que lo imposible se haga realidad. Las líneas que separan realidad y ficción pueden entonces llegar a hacerse tan finas que, por un breve instante, casi se puede decir que desaparecen. Si en ese momento existe un candidato idóneo y una persona que antes haya pasado por lo mismo le tiende la mano desde el “otro lado” y le ayuda a pasar a una nueva historia vital, quién sabe… Este año parece que de nuestra caseta sois tres, así que tres deberán ser también, por nuestra parte, los ayudantes. Y sí, en efecto, tu figurita se parece a Ippuk porque ella será la que amadrine tu tránsito al «otro lado», si así lo deseas.
                ― ¿Y entonces? ¿Tú…? ¿Yo…? En fin, ¿qué se supone que va a ocurrir ahora?― pregunta, trémula, la bella mujer de cabellos negros como quien despierta de un largo letargo mirando alternativamente su propia figura y los rasgos de la mujer de piel verde una y otra vez. En su mirada sigue habiendo mucho dolor pero también un nuevo brillo de algo parecido a la ilusión.
                ―Sí, como veo que intuyes, en efecto en tu caso yo voy a ser la que te conduzca hacia el umbral, si esa es tu voluntad. Tampoco yo me llamé Gálora en otro tiempo, ni ella Ippuk… Tuvimos vidas que ya no queríamos vivir y alguien, como ahora nosotras a vosotras, nos dio  en una feria del libro la oportunidad de vivir otra vida. Yo me convertí entonces en una poderosa hechicera… y, en cuanto a ti, el viento me ha contado que tu destino es convertirte en diosa, en una muy especial que empieza no sabiendo nada, habiendo olvidado todo lo que conocía y que, al explorar y, sobre todo, al amar, va recordando más y más hasta rescatarse a sí misma.
                ―Pero, ¿y yo? A mí nadie me ha dicho aún cómo sería esa otra vida que se me ofrece ― interviene de nuevo la chica más joven, insatisfecha de la explicación que se le ha dado.
                Ippuk se ríe con ganas mientras la intenta tranquilizar diciendo:
                ―A cada uno solo se le dice aquello que debe saber. La mayoría es sorpresa― otra carcajada vuelve a brotarle antes de seguir―. Tú harás un gran viaje, el más bonito y cautivador que puedas imaginar y en él no solo descubrirás tu hogar, sino un destino singular y hermoso y, por encima de todo, el amor compartido, grande y fuerte, los amores sería mejor decir, que hasta ahora te han sido negados.
                El chico de cabello castaño, que hasta entonces ha permanecido callado, deja por fin brotar su enojo sobre todo para ocultar al resto el miedo que siente de quedar excluido de todo aquello, de quedar al otro lado de esa puerta de salvación que parece abrirse ante las dos mujeres. Su tono es una extraña mezcla de burla y fingido desdén.
                ―Al parecer, a mi rescate no quiere acudir ningún hada madrina, así que toca fastidiarse y seguir aguantando esta miserable vida ¿verdad?― para su frustración, unas lágrimas inoportunas comienzan a rodar por sus mejillas pugnando por desbaratar su actitud―. Y eso que el tal señor Piedra Palo también dijo que yo cogiera una. Y la cogí. Con sus alitas y todo…
                ― ¿Con alas? A ver… déjame ver tu talismán, muchacho―dice Gálora con un tono tan autoritario que para en seco el derrotado llanto del chico y le induce a mostrar dócilmente su colgante ―Ah, claro, por supuesto…―murmura ella mientras cruza una inteligente mirada con Ippuk que se limita a asentir con entusiasmo.
                ― ¿Qué es lo que pasa? ¿Es que vuestra colega Campanilla ha cogido vacaciones o algo así?―dice el chico, haciendo a la desesperada una última intentona de mantener su tonta pantomima.
                ―Te estás colando, chaval, pues ni Gálora ni yo somos en realidad seres feéricos ―interviene de pronto Ippuk―, y te puedo asegurar que de todo eso yo sé un rato largo ―presume, pícara, con una mueca traviesa―, aunque has de saber que tu figurita en realidad tampoco representa a un hada… es un ángel y eso explica a la perfección porqué aún no ha acudido a ofrecerse como padrino de tu tránsito. Se habrá entretenido en la fuente ¿verdad, Gálora?
                ―Muy probablemente―reconoce la aludida―, pero el tiempo corre, así que quizá fuera mejor que acudiéramos a su encuentro. Vamos; acompañadme.
                No tiene que repetirlo una segunda vez y encabezados por un joven muchacho de profundos ojos castaños que no disimula demasiado bien su impaciencia, todos siguen presurosos a la verde hechicera por los senderos del parque del Retiro.

……………………

                No tardan en llegar a la fuente del ángel caído, famosa por ser una de las pocas dedicadas a Satán, y sentado en el borde de la misma un hombre, tan hermoso como sombrío, y tan rudo y viril en realidad que es francamente la antítesis de Campanilla o cualquier otra hada, se mesa los cabellos con la cabeza hundida entre los hombros mientras murmura:
                ―Yo soy Uriel, la luz de Dios, los ojos del Creador… y, en cierto modo, cómplice de que tú, hermano, volvieras tu mirada hacia esta pobre Tierra…
                Al percibir que no está solo, calla en su soliloquio y poniéndose en pie se dirige hacia el grupo y tras echarle un rápido vistazo en su conjunto, centra su interés en el muchacho al que, sujetándole por los hombros, engarza fieramente en su mirada mientras le dice:
                ―Sí, indudablemente solo alguien como yo puede ayudarte a pasar al “otro lado”, si es que es tu deseo; eso lo veo claro. Hay mucha cólera en ti. Ambos conocemos demasiado bien el Lado Oscuro… Perdona mi tardanza, me he dejado llevar por los recuerdos… y por el remordimiento… y he desatendido mi tarea. Discúlpame.
                En el rostro del chico no hay en absoluto resquemor alguno sino solo un intenso anhelo. Al igual que les ocurre a sus dos recientes compañeras, sabe desde lo más profundo de su corazón que está en juego algo crucial, y ahora sigue como ellas en silencio, aguardando expectante más explicaciones. Aunque no ve el menor atisbo de plumosas  alas que asomen por la chamarra de cuero, bastante similar a la suya propia, que luce el hombre de la fuente, descubre una majestad en su interlocutor que le hace tener la seguridad de que, por increíble que sea todo en aquella alucinante noche, está cara a cara frente a un ángel, y uno de muy alto rango además. Este, ajeno a los pensamientos del chico y a la sorpresa que acarrean al que siempre ha sido tan desconfiado y suspicaz como el que más, sigue hablando casi como para sí.
                ―En la nueva historia que se ofrece ante ti, muchacho, podrás llegar a ser nada más y nada menos que un rey, un rey muy joven pero sin embargo muy sabio que tras sufrir bajo el yugo de un padre tan poderoso como cruel y ver padecer igualmente a su querida madre, aceptará el reto de tomar las riendas de su destino renunciando a la ira en favor de la paz, y se gobernará a sí mismo con sabiduría creciente como requisito previo para gobernar algún día a todo un reino…
                ―Acepto― se oye el muchacho exclamar a sí mismo para su propio asombro, para su propia incredulidad. Jamás hubiera creído que pudiera anidar en su corazón tal anhelo, tal sed, aguardando precisamente aquel momento, y que ni más ni menos que esas feroces ganas hayan sido las causantes de creer ahora sin condiciones, de un modo tan acrítico e incondicional.
                Curiosamente, es ese fervor, esa fe, lo que acaba de disipar en las otras dos mujeres los últimos atisbos de suspicacia y les hace secundar confiadas al muchacho en su ferviente deseo por completar cuanto antes el proceso que les otorgará la oportunidad de una nueva vida.

………………….

                ―Si no he entendido mal, lo que nos queréis decir es que, solo por esta noche, existe la posibilidad de pasar a vivir en un libro, por muy disparatado que eso suene…―dice la mujer que camina por el sendero del brazo de la hechicera de ojos de fuego.
                ―… y que a vosotros os pasó igual, que también se os dio esa oportunidad y que por ello seréis los que nos mostréis la forma de hacerlo― le toma el testigo el muchacho que, caminando hombro con hombro con Uriel, parece una versión más juvenil de este; el parecido es innegable.
                ― ¿Significa eso que yo me adentraré en tu libro, que me iré a vivir contigo y con el rabadan, el pataricu, el gusapín… y todas las demás criaturas mágicas que me acabas de contar que pueblan los bosques cántabros? ¿Y ella también se irá con Gálora a Cirax? ¿Y él… y él irá al cielo, que es donde supongo que viven los ángeles?― concluye la joven pelirroja que camina de la mano de Ippuk como si fuera su querida hermanita pequeña, para mayor regocijo de ésta que se muestra feliz como unas castañuelas y que al oírla no puede evitar soltar una carcajada.
                Gálora también se sonríe pero es Uriel el que, con todo lo contrario a la alegría en los ojos, también se permite un atisbo de sonrisa antes de aclarar:
                ― ¿Al Cielo…? No, Neo-Babylon no es lo que se dice el cielo, preciosa―musita mirando a la joven fijamente. Luego se esfuerza por dulcificar el tono antes de proseguir, dirigiéndose ahora a los tres―. Ninguno iréis a los mundos a los que pertenecemos nosotros… Tendréis el vuestro, el que encaje en vuestro propósito. Lo que si os puedo decir es que, siendo el señor Piedra Palo la encarnación del espíritu de todos los escritores y escritoras de nuestra caseta (hay muchos otros, unos años más, otros menos, pero cada uno se encuentra con el que se debe de encontrar… este año habéis sido nada menos que tres los de la nuestra. El viejo maestro estará satisfecho con la cosecha, seguro…)
                Las carcajadas de Ippuk no han cesado del todo sino que más bien se han ido haciendo más y más ruidosas y cuando el ángel le mira levemente irritado ella se disculpa diciendo:
                ―Perdona, Uriel, mi muy querido Uriel… pero es que estaba pensado en «mi chica» y en lo que acaba de preguntar― aclara mirando con cariño a la joven pelirroja―. Si los signos no se equivocan, y jamás lo hacen, está claro que su historia, aunque también estará llena de personajes extraordinarios, tendrá un escenario del todo contrario a lo que es mi querido bosque…  Más todavía; podría decirse que le espera un escenario muchísimo más húmedo que el más húmedo de los bosques ¿no os parece?―termina, soltando otro resoplido de hilaridad.
                Como respuesta, las sonrisas del ángel y la maga brillan deslumbrantes a la luz de la luna pero en ese momento, al girar el grupo el último recodo que les vuelve a llevar a la zona de las casetas, más o menos al lugar donde encontraron al señor Piedra Palo, otras luces acaparan toda su atención.
                Tanto a la derecha como a la izquierda, brillando con una luz indudablemente mágica, algunas casetas se muestran abiertas junto a otras que continúan tan oscuras y con la persiana tan echada como era de esperar. Y sin embargo, algo en la mente de los tres elegidos les dice que para alguien de fuera del asunto, como por ejemplo los eventuales guardias nocturnos que pasen en su ronda por allí, todo se presentará a la vista igual de hermético y silencioso.
                ―Como veis hay más afortunados, además de vosotros tres… cada año pasa lo mismo; la última noche de Feria todos van quedándose rezagados en el parque por uno u otro motivo y acaban contactando con algún espíritu de alguna de las casetas, que a su vez les impondrá alguna señal para que sean identificados por alguno de nosotros: aquellos personajes de las novelas que un día también fuimos viajeros en tierra extraña y que, cuando casi habíamos perdido la esperanza, tuvimos también esta oportunidad que ahora se os brinda. Nuestro destino en concreto está en la caseta 299, en ella está el esfuerzo y el talento concretos de muchos que encarna el señor Piedra Palo, en especial el de una colección de narrativa que incluye fantasía, ciencia ficción y terror (aunque para este último es obvio que nunca ha habido demasiados candidatos…).
                ―Sí, este año nos ha tocado la 299,  más o menos enfrente del stand de la Real Fábrica de Moneda, no está lejos. ¡Vamos!― exclama, jubilosa, Ippuk, echando a correr hacia adelante sin esperar a nadie más.
                La chica pelirroja con la que ha hecho tan buenas migas y, tras ella, todos los demás, se apresuran a seguirla y no tardan en estar frente a una de esas casetas iluminadas desde dentro. Los últimos pasos los tres detienen el avance y acaban dando dichos pasos de un modo contenido, deliberadamente pausado, como si una parte de ellos recelara de pronto de lo que se fueran a encontrar allí.
                Los libros se muestran en ordenadas filas y brillan envueltos en una maravillosa luz dorada. La mujer, el joven y la muchacha los miran arrobados y, tras unos momentos de exploración visual, toman sin titubeos, casi en trance, uno de ellos y comienzan a hojearlo con avidez. No ven pues las sonrisas de satisfacción y complicidad que se cruzan los tres veteranos, veteranía que también queda confirmada con el mensaje inequívoco que se dicen sin palabras, solo con la mirada: «Todos, como siempre, han estado certeros en su elección. Que así sea».
                Tras un tiempo, imposible decir de cuánto tiempo se trata, minutos o horas da igual, en el que los tres permanecen imbuidos en sus respectivas lecturas, Gálora toma la palabra.
                ―El amanecer no tardará en llegar y a las seis se volverá a abrir el parque. Hay que darse prisa y tomar una decisión. Seguir con vuestras vidas o vivir otra… la de aquel que os aguarda en la portada del libro que ahora tenéis en las manos. Si decidís seguir hacia adelante, no recordaréis nada de vuestra vida pasada y formaréis parte de una nueva historia, es más, seréis su protagonista de un modo pleno.
                ―Bueno, Gálora, eso de olvidar para siempre no es del todo cierto―interviene Uriel, con una sonrisa de complicidad―. Tal noche como hoy, año tras año, podréis de nuevo recordarlo todo, pasado y presente… entonces, cuando salgáis a este parque a ayudar a otros como vosotros, rememoraréis vuestra vida anterior y tendréis la opción de volver a elegir…
                ―Sí, así es―le interrumpe Ippuk, con un libro de tapa amarilla titulado “El jardín de la duermevela” ya en sus manos―. Tal día como hoy tendréis siempre la oportunidad de volver a la vida “real”, en concreto al punto donde lo dejasteis y, si así lo deseáis, amaneceréis en este parque la última mañana de Feria como si nada hubiera pasado, allí donde lo dejasteis. Aunque os adelanto que jamás nunca nadie ha hecho uso del privilegio de «regresar» ―susurra, divertida―. En mi caso, acepto que hubo un día en que fui otra niña, una niña casi tan triste como tú―dice mirando a su nueva amiga―, pero cada vez que me acuerdo, cada vez que salgo a buscar a gente desgraciada que necesita otra oportunidad, sé que quiero ser Ippuk… y que siempre lo seré. Confío en veros el año que viene, y veros como ayudantes y ya no como meros visitantes; nos daremos un buen paseo por el parque a la luz de la luna. Adiós―dice, alzando la voz a modo de despedida. Luego abraza con todas sus fuerzas “El jardín de la duermevela” en el que su rostro reluce como el sol y mientras esa luz dorada se intensifica, la niña se va diluyendo en ella hasta acabar desapareciendo. Gálora recoge el libro, tirado ahora en el suelo, lo deja en la fila correspondiente y toma otro diferente, uno que lleva su nombre como título y en el que ella misma le devuelve la sonrisa, con su rostro verde y sus ojos de fuego.
                ―Adiós, amigos. Yo también espero veros el año que viene por estas fechas… Me muero de ganas de volver a Cirax. Adiós, Uriel, hasta la próxima vez, mi querido ángel. Neo-Babylon es un mundo difícil pero recuerda que siempre, tanto a ti como a mí, nos quedará la esperanza…
                La hechicera acompaña esas palabras con una sonrisa de despedida y, procediendo de un modo semejante a Ippuk, no tarda en dejar caer su libro en el montón del mostrador al tiempo que desaparece en las entrañas del mismo.
                Por su parte Uriel, así mismo impaciente por partir, sujetando un libro en tonos azules y negros llamado “EL ocaso de los ángeles” en el que se le ve de perfil, serio y cabizbajo, también les quiere dirigir su particular adiós.
                ―Poco queda por decir… pero los arcángeles siempre hemos sido los más formalistas del coro angelical, así que me vais a permitir una licencia. Habéis elegido los libros que todos esperábamos, así que si os decidís a dar el paso, está claro cuáles serán vuestros nuevos nombres. No sé, ni en realidad me importa, cuáles son los antiguos (yo también tuve uno, y tampoco me importa en lo más mínimo…), pero permitidme que me despida llamándoos  por estos otros por primera vez. Quizá os suene algo extraño, pero esa extrañeza no durará mucho. En el momento que entréis en «vuestra historia», toda vuestra vida será esa y nada más que esa.
                Permanece unos segundos en silencio y luego va posando la mano en el hombro de cada cual.
                ―Adiós, Rielar. Tu vida en los Reinos del mar será gloriosa… y sobre todo estará llena de amor. Más amor del que te atreviste a soñar en tus más locos sueños. Te lo puedo asegurar.
                ―Adiós, Maltés. Serás un gran rey; rey de tu reino, rey de tu propia existencia… e incluso rey de tu propia ira y tus conflictos. De ellos está hecha la vida. Te lo puedo asegurar.
                Solo queda la mujer de cabellos negros pero aquí Uriel titubea un poco antes de proseguir.
                ―Tú también tendrás un nuevo nombre… pero no lo puedes saber aún. En este mundo hubieras ido perdiéndolo todo pero en la Tierra incontable, pues es allá a dónde vas, lo irás recuperando todo… incluido tu nombre, claro. Puede que al principio tu ignorancia te asuste un poco, pero solo será al principio. Luego todo irá a mejor… hasta hacerse magnífico. Te lo puedo asegurar.
                Y, diciendo esto, se aparta un poco, estrecha entre sus brazos “El ocaso de los ángeles” y, al igual que en los dos casos anteriores, se hace uno con la luz intensa y el libro cae al suelo, sin nadie que lo sostenga.
                Tras recogerlo, los tres que aún permanecen allí y que no han soltado su libro en ningún momento, se quedan mirando sus respectivas portadas y a aquellos que aparecen en ellas como en un espejo, en solemne silencio, bajo el fulgor de esa mágica claridad que sigue brotando desde el interior de la caseta 299.
                ―”La marca del guerrero”―lee el chico―. Sí, supongo que todos estamos marcados de una u otra manera… Él… Yo… bueno, él y yo… su nombre al parecer es Maltés… tiene en su cabeza una corona… pero también una lágrima en la cara…
                ―Siento la certeza de que mi historia será muy, muy larga―murmura mientras tanto la mujer morena―, que en realidad esta es solo la primera de muchas más… “El despertar”, ¡qué hermoso título! Sí, yo quiero realmente despertar. Eso es todo lo que quiero.
                La joven pelirroja no dice nada, se limita a mirar a esa otra chica tan igual a ella que le devuelve desde la portada su inquisitiva y bella mirada «Rielar…»… esa seré yo, esa ya soy yo… «… y los Reinos del mar», e, igualmente, ese será mi verdadero hogar, piensa. Y, sin más, sonríe con una gratitud y una alegría tan grandes que casi no se cree capaz de sentirlas y procede con determinación a abrazar con todas sus fuerzas el grueso volumen que tiene en las manos. La caseta se ilumina entonces aún más y la chica también desaparece sin dejar rastro. Bueno, puede que uno muy pequeño sí, un sutil olor a mar que desaparece pronto con la brisa.
                Apenas un puñado de segundos después, tras cruzar una cómplice y jubilosa mirada de anticipación, la mujer y el joven hombre abrazan sus libros y también desaparecen. Entonces la luz de la caseta se apaga y las primeras luces del amanecer revelan que dicha caseta siempre ha tenido, como ahora mismo tiene, la persiana bajada.

……………………….

Al día siguiente, domingo, quedando un par de horas para que se dé por concluida la feria del libro de Madrid 2014, en la caseta 299, tres autores, dos mujeres y un hombre, hacen las últimas ventas e intercambian pareceres con los últimos lectores. Pero, a ratos, también encuentran hueco para  charlar entre ellos y conocerse un poco mejor. En uno de esos huecos, alguien comenta:
                ―Y, bueno, ahora que esto se acaba hasta el año que viene, me surge una pregunta: ¿vosotros cuál creéis que es el propósito último de todo esto?― inquiere, señalando hacia adelante mientras hace un gesto con el brazo que parece querer abarcarlo todo.
                Los demás, que siempre han tenido varias explicaciones en la punta de la lengua preparadas para dicha cuestión, esta vez quizá porque el cansancio acumulado aquellas tres semanas les contiene, guardan silencio meditando su respuesta. Y, poco a poco, los tres van volviendo su mirada hacia su respectiva obra, mirando con ternura a aquel que aparece en la portada―en esta ocasión, a saber, un joven rey luciendo lágrima y corona, una hermosa diosa escoltada por un unicornio y un enorme gato y una muchacha pelirroja convertida en lo más parecido a una sirena bajo los Reinos del mar―.
                No hace falta que nadie diga nada. Si te paras a pensarlo, sólo existe un propósito.