sábado, 22 de marzo de 2014

´La mujer-río (en honor del día mundial de la poesía)

Me proponía hacer solo una entrada al mes coincidiendo con los "encuentros" con mamíferos marinos que tienen Élias y su grupo en su viaje por el mediterráneo, como una llamada de atención sobre ellos y sus difíciles circunstancias. Y aún es mi propósito. Pero ayer fue el día mundial de la poesía y me gustaría hacer una excepción. Os presento un cuento-poema que escribí hace ya algún tiempo y, como no es raro en mí,  acaba, digamos, mirando al mar...Esa es una buena razón para que acabe en este blog. Espero que os guste.
Se trata de la voz de un hombre "conversando" con su hija,  reflejando cuatro momentos vitales, y dice así:


Mira, ya hemos llegado... ¿No merecía la pena? Además, tú no te quejes que venías en mis hombros, que yo he hecho todo el trabajo. Me estás mirando risueña, sabes que me estoy riendo y aún sin saber el porqué te gusta verme contento. ¡Cómo te ha puesto tu madre! ¡Si pareces una bola de ropa con niña dentro! Solo se te ven los ojos... es cierto, estoy contento.

Desde que viniste al mundo soñaba con mostrarte esto. Aunque ella tiene muchos años aquí nace en primavera... Si ella, porque aunque sean masculinos todos los nombre que lleva, tu y yo sabemos que es ella... ¿Cómo iba a ser de otra manera?...

Siéntate aquí, al socaire. Aún hace bastante frío. Será porqué estamos altos. Será porque aún no es marzo. Ella gusta de empezar lo más cerquita del cielo, entre las cumbres más blancas donde todo es puro y nuevo. Cómo tú, vaguita mía, apenas quiere moverse y se entretiene jugando a derretirse y filtrarse...  Mira hacia aquellos neveros, ya los últimos que quedan, ¿Ves como se vuelven poza? ¿Ves como se vuelven charca? ¿Ves como se vuelven ella?

¿No te movías decía? Pero serás sinvergüenza... si hasta en eso eres como ella, que cuando te das la vuelta ya se ha vuelto torrentera... ven conmigo, ten cuidado, que aquí hay mucha piedra suelta. Mete la mano en el agua. ¡Qué fría está todavía!... Esas son lentejas de agua y si apartamos un poco estos mantos esmeralda verás ranas y tritones escondiendo perlas blancas.

¡Está tan guapa mi niña chapoteando en el agua! ¿Tienes frío, ratoncito? Tus mofletes están rosas y tu nariz colorada. Cómo nos viera tu madre  seguro nos regañaba... Mira, en ese otro laguillo, donde crece la espadaña, la pata edredón esconde, precavida, su nidada. Ven a esconder tus manitas en su plumosa maraña. Ves qué rico calorcito... pero no toques los huevos o no vendrá mamá pata.

¿Escuchas? Por allá abajo, descendiendo la montaña ella se ha vuelto cascada. Pero aquí habla muy bajito, deshelándose en hilachas, o simplemente se calla... Como tú, cariño mío, que sólo hablas con miradas y sonrisas desdentadas. ¡Qué bueno es este silencio que nos acaricia el alma! Silencio que sólo rompe el silbo del mirlo acuático o algún croar de las ranas...

Pero, ¿en qué estaría pensando? Si aún no os he presentado: “niña río, ésta es mi niña; mi niña, ella es el río...” Las dos sois nuevas y bellas, aún estáis comenzando, sois tan solo una ilusión de promesas y de hallazgos.

Y es que sois tan parecidas... esos rizos que se escapan de tu gorrito de lana son sus flores de ranúnculo, amarillas y tempranas; tus labios su flor del berro, tan rosada y delicada y tus tupidas pestañas, musgo de fuente en montaña. Sois curiosas, y obstinadas... y nunca seréis más sabias.

¿Qué te pasa, mi princesa? Te estás frotando los ojos, tienes cara de cansada... Los días aún son muy cortos y nos queda la bajada... Ven a mis brazos, gordita, que ya volvemos a casa. Dejamos el nacedero, nos despedimos de ella, seguimos nuestro camino, volveremos a encontrarla, mañana, quizás mañana. Vámonos, tu madre aguarda...






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¿Y protesta porque no pescamos ninguno?... Si es que esta niña no calla. Que si Laura me ha hecho aquello, que si el cole es un plomazo, que si esas hojas de sauce dan en el agua arañazos, que si mira aquel pinzón presumiendo en el ribazo...

Calla un poco, por favor. Y estate más quietecita... como si fueras un junco o un carrizo de la orilla. Mira cuantos peces nadan en el agua cristalina: tencas, percas y escardinios; rutilos, bremas y truchas; y allá arriba en el torrente, algún salmón y algún coto, luchando contracorriente.

Nada, que esto es imposible... No me extraña que tu piel luzca tantos cardenales. Hala, yo también dejo la caña y te acompaño a bañarte, pero ten mucho cuidado que aún es fuerte la corriente, que ella baja desbordada, atrevida y prepotente.

¿Te acuerdas de aquella vez que la viste entre las nieves? Ha crecido, como tú, y ahora es más independiente. Ahora ella corre mucho, está hecha una atolondrada, se pelea con las piedras, se columpia entre las ramas...

También ha hecho, como tú, muchísimas amistades. Mira aquella musaraña, bajo la flor de cuclillo... se divierte salpicándola. Con la nutria chapotea fabricando remolinos... allí retozan traviesas, junto a los lirios floridos. Y, si esperas un poquito, verás un relámpago azul salir con algo en el pico... es el martín pescador que va de regreso al nido.

Ya que habéis vuelto a encontraros, ¿por qué no habláis un ratito? Ella dirá que ya es río, aunque todavía es torrente, tú le dirás que ya bajas con la bici las pendientes; ella dirá que le dicen que es bravía y que es rugiente, tú le dirás que en tu clase eres la más inteligente...

Seguís siendo tan iguales... En este mayo de Pascua de tibio sol y lluvia mansa sólo os veo como una, mitad alocada niña mitad mujer que aún aguarda. Quebradas y piernas largas, pecas y mucha rocalla, espuma e inconformismo, mucho oxigeno en el alma...

Ven a secarte a mi lado, siéntate sobre esta toalla. Come toda la merienda que tienes en esa cesta, que lo del pescado a la brasa es casi cosa de guasa. Que no hemos pescado nada con tu charla que te charla... Bueno, en fin, no pasa nada, que mamá ya iba avisada.

Vuelvo a mirarte a hurtadillas devorando tu bocata, con las piernas encogidas, masticando ensimismada. De tus cabellos mojados corren por toda tu espalda riachuelos revoltosos, hermanillos de tu hermana. Contemplas el agua rauda que devuelve tu mirada mientras ríe a carcajadas, pues una culebra de agua serpentea por su panza.

¿En que piensas, hija mía, que ahora ya no dices nada? ¿En que se acerca el verano?... Todavía falta un poco. ¿En qué harán ahora tus amigas? Cuándo llegues, al teléfono... ¿En qué el sábado, en el partido, Pablo no estaba mirando? Será que no pudo, cielo. Pensar que hace poco tiempo él era un tonto y un memo y ahora cada dos por tres, Pablo esto y Pablo aquello...

Bueno, si has acabado, mejor ya nos vamos yendo. Que mañana es día de cole y ya está anocheciendo. Coge las toallas, las cañas y la cesta y ven corriendo, a despedirte de ella que aunque se cree muy mayor aún es solo un arroyuelo. Pronto creceréis las dos y volveremos a vernos.



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¡Que buena idea has tenido con lo del paseo en barca! Es siempre tan apacible este recodo del río... Bueno, esta curva de ella, tú me entiendes... ¿verdad, hija? Qué bien el poder aislarnos por un rato de los otros; de los niños, de mamá, de Pablo, de la ciudad...

Mira hacia aquellos nenúfares que resisten la corriente. Es que ahora, en este tramo, ella ya es más reposada, desplegando en sus meandros una serena elegancia mientras sigue nuestro bote, desde los ojos del puente, con reflexiva mirada. ¿Ves la garza que rebusca en el fango con su pico? Ay, la hemos asustado... ya se aleja en la distancia.

Bueno, en fin, sigue remando. Y cuéntame de tu vida... ¿Vas a cambiar de trabajo? Pablo me ha estado contando que te exigen demasiado... Te veo un poco más llena, como ella, con más curvas... ¿Estás de nuevo esperando? Tú bien sabes que me encanta ejercer como abuelazo, pero tres, según se mire, pueden ya ser demasiados.

¿Te acuerdas cuando, de niña, te traía hasta la orilla y te decía, a menudo, que ella y tú sois parecidas? Pues aún sigo pensándolo, más si cabe todavía; ella también ha cambiado, le ha trasformado la vida. Se ha vuelto más sinuosa, más pausada y comedida. La experiencia deja poso, erosiona el día a día... Además, y como tú, no para de parir vida; mira qué verde está todo aunque estemos en agosto y hasta el hablar dé fatiga...

Sonríes; estás pensando “Vaya loco charlatán, con sus tercos parecidos...” pues si, porque son verdad. Y si no mira adelante, hacia aquel llantén de agua, como alborotan sus hijos entre las inflorescencias; esa libélula es María, siempre la llevas tan guapa..., esa efémera, Rebeca, danzando sin ton ni son... y el caballito del diablo… pues Pablito, el cabezón.

Ahora te ríes... y bueno, así es como lo veo yo. Deja que reme yo un rato y sujeta tú el timón. O mejor suelto los remos y nos dejamos llevar, no es que me canse, que conste, es sólo para variar. Te confesaré una cosa; a veces creo que ella sabe que la quiero mucho, casi tanto como a ti... que sois mis niñas del alma y creo que ella también me quiere un poquito a mí. Vamos a cerrar los ojos... ¿Sientes como nos acuna, como nos mece en su abrazo?     Si es que está hecha una madraza, que ya te lo digo yo... Cuanto más mayor se hace ella, más niño me vuelvo yo.

¿Oyes? Nos están llamando... Que esperen un poco más. Ahora estás tan ocupada y te tengo, para mí solo, tan poco... Sigue cerrando los ojos y escucha el campo al pasar... Ah, que paz... Serán pesados ¡YA VAMOOS! Tenemos que regresar...  No sabes cuanto agradezco estos ratos que me das. Ayúdame a dar la vuelta y en el viaje de regreso mete la mano en el agua y dile que volverás.



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¿Notas el olor a mar? Cada vez estamos más cerca, pero aún no quiero llegar. Deja que agarre tu brazo, que con el bastón y todo me cuesta un poco avanzar... Hoy llevo tu camiseta, sabiendo que íbamos andar, que este frío de noviembre cala mucho... ya sabes, aquella que me pusiste de regalo en Navidad.

¡Qué bonita es la marisma! Te agradezco que me saques a menudo a pasear. Y es que ahora esta es la parte que más me gusta mirar. Ya sabes, la parte de ella... no me vayas a regañar. Es que, desde que no está tu madre, habló con ella mucho más. Sé que lo tomas a broma, pero me cuenta su historia y yo le cuento la mía. Ésta tú ya te la sabes porque también es la tuya, y quizás intuyas la suya, por esa misma razón:

Me habla de un río subterráneo que le robó el corazón, que le embriagó con sus aguas y se fundió con su amor, de los muchos afluentes que amamantó y que crió y que se marcharon lejos para cumplir su misión, de la paz que siente ahora cuando se acerca el final... ¿No te suena todo eso? Te dije que os parecíais ¿Tengo o no tengo razón?

Esta zona es más vacía, aquí ya no hay tanta vida... pero las aves y plantas que la habitan son más fuertes. La gaviota, el tarro blanco, el ostrero, la espartina. La vida nos hace fuertes, nos enseña a acomodarnos a la sal o a la diabetes... o incluso a la soledad. Y aunque las aguas que bajan ya no son tan cristalinas dejan limos empapados de paciencia y de piedad.

Vamos hasta aquella roca. Ya no quiero avanzar más. Y no es que esté cansado es que no quiero ver el mar. Me gusta mirarle a ella antes de desembocar. Sigue estando muy hermosa, igual que tú, mi tesoro. Y aunque ahora estés más sola, no debes sentirte inútil, aún tienes mucho por dar.

Mira hacia arriba; son ánades, que regresan de ultramar. Antes pasaron las ocas y los cisnes, faltan pocos por llegar. El invierno se aproxima. ¿Sabes dónde acabarán? Pues donde mi niña-río, que nunca envejecerá. Ella curará su cansancio, a sus crías nutrirá y por los siglos de los siglos, de la montaña al estuario, con las hijas de tus hijas su destino trenzará.

Vámonos, que tengo frío; me apetece regresar. Deja que coja tu brazo.

Adiós, mujer-río, adiós. Que te vas y no te vas. Que cambias y eres la misma, que siempre estarás naciendo y te mueres sin cesar.


Adiós, amiga querida, nos veremos en el mar.


domingo, 16 de marzo de 2014

Delfines listados en el mar balear. Envenenamiento + Hambre = Inmunodepresión.



Llevaban bastantes días de marcha cuando los tres coincidieron en el perímetro exterior con el delfín coeruleoalba que les había abordado en un principio. Aunque en la distancia las dos especies de delfines eran bastante semejantes, hacía tiempo que los amigos habían aprendido a reconocer el algo más robusto cuerpo de los listados, con sus tres características bandas oscuras laterales de distinta longitud que partían del ojo, frente al degradado verdoso-amarillento en forma de ocho sin banda alguna de sus hermanos más pequeños: los delfines comunes. En estos últimos era casi imposible distinguir entre machos y hembras, pero entre los delfines listados sí había una pequeña diferencia de tamaño, así que también sabían ya que aquel primer animal era una hembra.

  —¿Queda mucho para llegar a las Baleares? —inquirió Dicayos, haciéndose eco de una hambruna que no por intentar sobrellevarla estoicamente atormentaba menos el lento suceder de los días.

  —Tranquilo, no tardaremos en avistar la isla de Formentera —respondió ella intentando disimular su propia debilidad—. Ya falta poco.

  El mular, intentando que no se notara mucho, ayudaba a seguir el ritmo a un desfallecido Élias, así que Mistral se acercó más a la hembra para aprovechar su empuje. Fue entonces cuando se dio cuenta de su dificultosa respiración y su constante lagrimeo.

  —¿Te encuentras mal? —le preguntó preocupada.

  Por un instante pareció que el animal iba de nuevo a quitar importancia al asunto, pero un súbito abatimiento le hizo cambiar de parecer.

  —No muy bien... La verdad es que no muy bien. Llevo un tiempo que parece que lo cojo todo. Reconozco que los cetáceos en general, y los delfines en particular, somos de natural propensos a contraer parásitos y pequeñas infecciones, pero esto creo que ya no es normal. Si no son llagas en la boca son lesiones en el pliegue de las aletas o exceso de mucosidad o...

  —Inmunodepresión —murmuró Mistral para sí.

  La listado no pareció oírla porque siguió lamentándose.

  —Hace unos meses perdí al bebé que esperaba. Y no he sido la única a la que le ha ocurrido últimamente. Lo que más me preocupa es que ya han pasado varios años desde la última gran epidemia de morbilivirus, esa peste cetácea de carácter cíclico que suele golpearnos a los delfines con especial virulencia, y si volviera a producirse justo ahora, temo que, lejos de ser la habitual regulación interna de la especie, acabe siendo, dado lo bajísimas que parece que tenemos las defensas, una auténtica carnicería. Mis temores no deben impedirme seguir ayudando a los más débiles, pero me han llegado rumores de que se ha manifestado la enfermedad en algunos calderones y me angustia pensar que en vez de socorrer a otros, los listados, sin proponérnoslo, acabemos siendo los trasmisores del virus... Imagino que todo esto tiene que ver con una alimentación deficiente y con todas esas porquerías que envenenan el mar, pero ¿qué podemos hacer contra ello? —dijo la hembra, abatida.

  —Tranquila. Recientemente hemos estado nadando entre calderones y no parecían enfermos ni hemos oído nada al respecto. Quizás haya suerte y si de todos modos ese morbilivirus tiene que llegar lo hace el año que viene o más adelante, cuando ya estéis fuertes para combatirlo —dijo Élias, conmovido y a la vez admirado ante la entereza de la que hacía gala el animal.

  Tanto el chico como los demás eran conscientes de que, manteniéndose las condiciones ambientales del mar como hasta entonces, la demora de unos meses o unos años en la propagación de la epidemia no iba a significar en realidad ningún cambio a mejor, así que, aunque agradeciendo el gesto, el silencio en el que se sumió la hembra de delfín listado se revelaba vacío de esperanza.

  —De momento, aferrémonos a la ilusión —dijo Dicayos, intentando ahuyentar aquella terrible sensación de condena—. Si la vista no me engaña, aquello que se ve en lontananza es tierra, con lo que no debemos de estar lejos de la primera de las islas Baleares.

  Efectivamente, entre la neblina se podía distinguir ya el relieve de Formentera, así que, sabiendo que al menos su problema inmediato de alimentación estaría pronto subsanado, el grupo al completo se lanzó con nuevos bríos hacia aquellas aguas.

 

  *

 

  Los días que siguieron fueron toda una bendición después de unas jornadas tan difíciles. Primero sobre las magníficas praderas de posidonia oceánica de los fondos entre Formentera e Ibiza, y más tarde ya en el canal de Mallorca, explorando la montaña submarina de Ausias March y el menor y más profundo mont dels Oliva, descubrieron un rincón del Mediterráneo que por un tiempo pareció convertir la ingenua obcecación de los optimistas delfines comunes en una maravillosa realidad. Entre los campos verdes de los fondos blandos y las amplias extensiones de algas rojas o los longevos corales negros de los fondos rocosos, los viajeros pudieron por fin abastecerse del alimento que tanto necesitaban. Desde los pulpos blancos que hicieron las delicias de Pomodoro hasta los abundantes cabrachos, tres colas o papagayos nadando entre las rocas, así como gallos asomando sus colas arqueadas de la arena —repleta también esta de infinitas coquinas, berberechos y almejas—, ninguno de los viajeros se quedó con las ganas de darse un buen atracón.

  Sin embargo, tras una semana larga de reponer fuerzas, con los estómagos repletos regresó también la urgencia por ponerse de nuevo en camino. El grupo de listados y comunes aún tenía pendiente la volcánica elevación de Emile Baudot, una zona de vertiginosos desniveles donde también contaban con hacer suculentos descubrimientos, pero para Toniña y sus amigos eso suponía desviarse de su dirección noreste, con lo que tuvieron que despedirse agradecidos y disponerse a seguir ruta hacia la más septentrional de aquellas islas.

  Justo antes de la separación, la hembra enferma se dirigió a Mistral.

  —Creo que es a mí a quien corresponde... Me siento preparada —dijo mientras acercaba su cabeza a la bolsa que portaba la chica—. Piedra de forja —murmuró, y sin decir nada más se unió al grupo que ya se alejaba y se mezcló entre los demás.

  Como ya le ocurrió al despedirse del calderón negro, Mistral se sintió embargada de pronto por un honda emoción ante ese gesto final que no acertaba a entender, pero sus compañeros parecían impacientes por proseguir la marcha, así que dejó su desconcierto para mejor ocasión.