sábado, 26 de abril de 2014

Ilustraciones de Los Reinos del Mar I. Un regalo... para los ojos

Antes de ayer fue la presentación oficial de El sexto océano. El Juicio final de la marea en La Casa el libro. Salió todo de maravilla y me sentí muy arropada por la gente que me quiere. Hasta ahí todo perfecto. Pero ocurrió algo que me condujo a volver a plantearme el hacer otra excepción (como la de aquella del día de la poesía...) a esa especie de consigna auto-impuesta de una sola entrada al mes en el blog. 
El caso es que cuando llegó el momento de pasar a presentar las seis preciosas ilustraciones de Xavier Fora Soriano que se esconden en la cara interna de portada y contraportada de mi tercera novela me sentí frustrada. No es que hubiera mucha distancia entre mi mesa y las sillas del público pero solo entonces me percaté de que incluso teniendo el volumen entre las manos, toda la riqueza de matices de cada composición pasaba en buena parte desapercibida debido al, lógicamente, limitado tamaño del libro. Cuando yo en su día recibí de Xavi esas seis ilustraciones y las de las novelas anteriores por correo electrónico, de inmediato dispuse de todas las ventajas del soporte informático y sin pararme a pensar en ello demasiado comencé a manipular dichas imágenes, ampliando y reduciendo a placer, para poder embelesarme en algún detalle o, por el contrario, recrearme más bien en la visión de conjunto... Algo que, como caí en la cuenta hace tan solo dos días, está vedado a aquel que solo dispone del libro en papel. Por eso, he pensado que sería buena idea presentaros en estas Crónicas de los Reinos del Mar todas y cada una de las ilustraciones que ha hecho Xavier para mis tres libros con el fin de que, si os apetece, podáis descargar aquellas que más os gusten y, una vez guardadas, ampliarlas convenientemente o "jugar" con ellas como mejor os plazca para que no se os escape ni una pizca de su gran belleza.
Su número total es once (nunca se lo he dicho, pero sueño con que, algún día, cuando le apetezca, cree la que complete la docena, aquella en la que se vea a "una pareja que volvió a serlo cuando eso ya era un imposible"...). Me parece que son muchas imágenes para una sola entrada, así que he pensado repartirlas entre esta y la próxima que calculo que colgaré a primeros de mayo. Las seis que se esconden en los entresijos internos de la cubierta de El sexto océano serán las que deje para más tarde y ahora os presentaré solo las cinco primeras: las tres de Rielar, aquellas tres que me deslumbraron en su origen, así como la de Élias y la que se muestra en la portada del El sexto océano. 

Vamos a ello.

1.- La joven Rielar. Aunque las tres ilustraciones con las que Xavi "se arrancó" las recibí al mismo tiempo, para mí esta siempre será la primera, la primera de todas, al igual que Rielar también será en mi corazón la primera como "hija" literaria. Las once ilustraciones tienen algo que las hace especiales pero en esta veo, además, especialmente reflejado el recuerdo de la admiración que sentí cuando, a la vuelta de aquel primer verano tras la publicación del libro, encontré esperándome en el ordenador aquellos tres maravillosos dibujos. Luego vendrían más representaciones de Rielar pero es en esta en la que ella aparece más joven, prácticamente con aquellos quince años primeros con los que empieza la aventura, y esa admiración mía parece serme devuelta en ese encantador rostro cuyos ojos, mitad inquisitivos y  mitad deslumbrados, siempre me roban el corazón cuando los miro.


2.- Irisar y Tinglar. Me alegró mucho que Xavi eligiera a la joven recolectora nur Irisar como protagonista de uno de sus tres primeros dibujos... y para aquellos que hayan leído Rielar y los Reinos del Mar creo que no es necesario decir porqué. Pero es que, además, la escena de ella buceando junto a una tan grande como misteriosa tortuga laúd me hace evocar aquel viaje tan especial por el Pacífico norte en el que ellas dos, junto a dos cachalotes y una sabia recolectora hecha de acero templado, siguieron la costa oeste de Norteamérica mientras descendían desde el mar de Bering hasta el de Cortés. Documentarme primero y compartir aquel viaje con los cinco después, fue algo muy hermoso en el que, por otro lado, se establecieron vínculos y se produjeron acontecimientos  que más tarde se revelarían cruciales para la trama.


3.- Hidra y Menguele. Así como la elección de Irisar por parte de Xavi me resultó muy satisfactoria desde el principio, confieso que la de la mala malísima de la historia me dejó en un primer momento algo desconcertada. Rielar es una novela muy coral, con infinidad de personajes y optar precisamente por Hidra y su venenoso amiguito era algo que no acababa de entender. Más tarde me enteré que a Xavi era un personaje femenino que le fascinaba de un modo especial pero, independientemente de sus gustos, con el tiempo yo también he acabado pensando que la elección fue igual de acertada que las otras, por no decir que más. Y eso por una doble razón. En  primer lugar, con la inclusión de Hidra en el elenco se hace presente, ya desde el principio, en esos tres precisos primeros dibujos, un concepto que es clave en toda la trilogía, el de La Diosa de los tres rostros: El rostro de la doncella (que aquí sería el dibujo de la joven Rielar), el de la madre (que sería el de Irisar) y el de la anciana, que aquí vendría a ser el de Hidra, no porque sea vieja en absoluto sino por sus connotaciones brujeriles en cuanto a mala pero, a la vez, en cuanto a poseedora de un secreto saber. Y la segunda razón es, sencillamente, que Xavi jamás ha dibujado a Mistral, no sé porqué, y, para mí, contemplar a Hidra me ayuda a imaginarla... en mi mente las veo muy semejantes  a ambas, pero Mistral en una versión más juveníl, con el pelo más corto y con los rasgos más dulcificados (sobre todo, tras su paso por el Mediterráneo). En conclusión, que viendo a la una, se me representa perfectamente la otra.



4.- Élias y Dicayos. Curiosamente, de la segunda de las novelas de Los reinos del Mar, El destino de Élias. Un mar diferente solo existe una ilustración; esta. Conociendo la inmensa generosidad de Xavi, estoy segura de que si yo le hubiera pedido alguna más, ahora las tendría aquí para ofrecéroslas y todas serían igual de talentosas que las existentes pero, sencillamente, yo no se lo pedí. Evidentemente, eso hace que este dibujo tenga un significado muy especial para mí pero, independientemente de su carácter único, creo que refleja muy certeramente el eje principal de la novela, aquel más importante aún que la historia de amor. Ese eje no es otro que la relación de amistad entre un hombre y un delfín, entre alguien muy reprimido y alguien muy libre, entre alguien bastante infantiloide y alguien sanamente maduro... en definitiva, entre un discípulo y un maestro de la vida, un maestro que enseñará al primero con su propio ejemplo vital y le ayudará a superarse y convertirse en alguien mucho mejor de lo que parecía estar abocado a ser.


5.- El grupo de buscadores (portada de El sexto océano). Aunque en esta primera entrada, solo os voy a presentar una ilustración de la tercera novela, en este tercer caso pasó prácticamente lo contrario que en el de El destino de Élias: en un abuso de confianza sin paliativos, le pedí primero un dibujo (el del tridente, que ya os mostraré), luego otro (este mismo que hace de portada) y, por si eso fuera poco, otro más (el de Áldero y Rielar, que también dejo para más adelante)... Y no solo los hizo gustoso sino que incluyó por sorpresa nada menos que cuatro más, y todos increíbles... Así es Xavier Fora Soriano; qué más os puedo decir... Volviendo a esta última ilustración, reconozco que es idónea para la portada puesto que refleja una escena que se repite en incontables ocasiones en toda la parte central de la novela: los tres buscadores y sus tres compañeros marinos buceando por aguas del Pacífico sur en busca de la clave para dar con la Última Puerta Bajo el Mar. Pero si esta ilustración me gusta tanto es por algo más, y ese algo más es porque hasta ahora faltaban dos animales marinos muy queridos de los reinos del Mar por aparecer y ambos tienen su lugar de honor aquí. Ellos son Romm, el cachalote, y Unauán, la tortuga, y me hace muy feliz "verles por fin las caras" y, como os dije en el caso de Irisar, para aquellos que hayan leído la saga de Los Reinos del Mar creo que no es necesario decir porqué.



Bueno, pues esto es todo de momento. dentro de unos días, más y mejor. La próxima vez os comentaré las seis ilustraciones que se ocultaban tras las tapas de ese libro, aquellas que, tan solo hace un par de días, tanto me frustró no poder mostrar debidamente. Tranquilos, no volverá a ocurrir.



sábado, 12 de abril de 2014

Un zifio en el mar Tirreno. Su cruda verdad.




Ya ha pasado más o menos un mes desde que os presente a aquella famélica y enferma hembra de delfín listado que, en aguas baleares, entregó al grupo la virtud de la solidaridad. Élias y sus amigos han seguido viaje y ahora nos los encontramos nadando por aguas del Tirreno, al este de la isla de Cerdeña, donde acaban de toparse con otro mamífero marino, en este caso, con un viejo zifio, solo y bastante desubicado. No emite sonido de ecolocación alguno y no porque sea mudo sino porque se ha quedado irremisiblemente sordo. El fragmento que esta vez he elegido comienza cuando el desgraciado animal se aviene por fin a relatarles cómo ha desembocado en esa situación. Espero que os "llegue" toda su triste verdad...





—De acuerdo. No perdamos el tiempo con presentaciones. Sé cuál es mi cometido y lo cumpliré —dijo el zifio con determinación, yendo directamente al grano—. Os contaré mi verdad. Y también arrojaré algo de luz sobre las Piedras de Ceto. Pero primero mi historia, que, como ya habréis adivinado, es una historia triste. Aunque no siempre lo fue. De hecho, durante medio siglo me consideré un zifio feliz. No os aburriré con detalles de una vida en armonía rodeado de mi pequeña familia. Ya se sabe: los hogares felices son siempre iguales, son los infelices los que se distinguen cada uno por su propia infelicidad.

  »Vivía mucho más al este, junto a un rincón de aguas profundas entre Italia y Grecia, y a ese mismo lugar fueron a parar un día un grupo numeroso de hombres de la superficie. Entre ellos, la mayoría se movía por mi mar dentro de grandes ingenios preparados para la guerra que no paraban de emitir ruidos semejantes a los que usamos en nuestra ecolocación, pero ellos estaban a sus cosas. Solo unos pocos, al parecer coordinados con los primeros, parecían interesados en nosotros, los zifios. Grababan nuestros pulsos y luego pretendían reproducirlos con aparatos parecidos a los que iban en el interior de sus grandes ingenios marinos. Nosotros estamos preparados fisiológicamente mejor que cualquier otro para la ecolocación, quizá por eso les resultábamos interesantes, pero os aseguro que, cuando de hombres negros se trata, destacar en algo es siempre garantía de perdición. Fue terrible sentir aquellas vibraciones en la cavidades de mi cráneo, en mi sensible mandíbula, en los pulmones, en la tráquea, en todos y cada uno de mis órganos internos...

  El zifio no pudo seguir y calló acongojado. En el compungido silencio que los envolvía Élias detectó el recuerdo de Dicayos de aquel día lejano en el Atlántico en el que dos submarinos casi le hacen «zozobrar». Entre todos los silencios, el del delfín era un fuego frío que helaba y quemaba a la vez con reconcentrada intensidad.

  El viejo cetáceo recuperó las fuerzas para continuar, pero lo hizo abruptamente, casi con desapego, en un desesperado intento de que los recuerdos no dolieran tanto.

  —Mi familia sufrió entonces un varamiento en masa. Así de sencillo. No sé si alguno pudo ser rescatado más tarde porque jamás he vuelto a saber de ellos. Probablemente yo habría seguido su misma suerte, pero ocurrió algo. No sé si procedente de los que hacían maniobras o de los que nos investigaban, se les escapó un golpe de onda de varios cientos de hertzios. Los zifios somos especialmente sensibles a las frecuencias intermedias, y aunque yo estaba a unas quince millas de la fuente, el sonido hizo su labor: me reventó el oído interno, perforándome los tímpanos.
»Había oído hablar a algunos de los míos de sonares de la gente de la superficie que trabajaban con media y baja frecuencia (como los que llaman LFAS, que son de alta intensidad pero trabajan con ese tipo de frecuencias, ampliando su radio de acción y mejorando su precisión) y no desconocía que habían hecho mucho daño a otros cetáceos. No sé si se trataría de uno de esos o simplemente cometieron un fallo... El shock que me supuso evitó que me encaminara obstinadamente hacia tierra y acabara varado..., pero para mí también fue el final. Desde entonces llevo años intentando sobrevivir a duras penas y confiando mi vida a la suerte. Busco un lugar que algunas criaturas llaman El Santuario, donde también hay profundas simas en las que residen zifios como yo, y donde mi sordera no sería tan gravosa, ya que la comida es fácil y abundante y, lo que es más importante, dicen que está bajo la protección de los propios hombres negros. Pero, como comprenderéis, sin mi ecolocación es difícil saber siquiera por dónde voy, así que dudo mucho que consiga llegar algún día.




  Si en algún momento de toda la aventura por el Mediterráneo Dicayos tuvo tentaciones de abandonar fue entonces. Todos sabían a qué lugar se refería el zifio, no en vano lo acababan de dejar a sus espaldas no hacía mucho, y la urgencia por ayudar al anciano fue tan poderosa en el corazón del delfín que todos pudieron captar su deseo de llevarlo allí, dándose con ello perfecta cuenta también del dilema al que Dicayos se estaba enfrentando en esos instantes. La respetuosa espera de Toniña, Mistral y Élias, trasmitiéndole su apoyo fuera cual fuese la decisión que acabara tomando, lo mismo si decidía acompañar al zifio hacia el norte como si optaba por quedarse con ellos, hizo que Dicayos se lo replanteara de nuevo y comprendiera que, por compromiso y voluntad, se seguía debiendo a sus amigos.

  Pero eso no significaba que fuera a consentir que el zifio se marchara de vacío.

  —Sabemos dónde queda ese lugar, pues acabamos de pasar por su extremo más meridional. No estás lejos. Deja que te lo muestre mentalmente. Y tranquilo, me lo tomaré con calma y te daré tal lujo de detalles que te juro por mi sangre mestiza que, con o sin ecolocación, llegarás sano y salvo a Pelagos. Verás, lo que tienes que hacer es...

  Los demás esperaron pacientemente mientras Dicayos se empleaba a fondo en orientar al zifio. Le habló de las corrientes, de los relieves, de los vientos, de las distintas salinidades y hasta de las fuerzas magnéticas de cada punto del camino. No tendría nunca la certeza de que el animal lo había logrado, pero pondría absolutamente todo de su parte y más para que así fuera.

  Al zifio, cada vez más optimista a medida que iba recibiendo más y más referencias en las que basarse para alcanzar su destino, se le notaba impaciente por poner rumbo al norte lo antes posible. Y esa misma impaciencia fue la que casi le hace olvidar que quedaba otro tipo de verdad por descubrir.

  —Ah, las Piedras de Ceto. Sospecho que la verdad que os trasmita os resultará insuficiente, pero solo puedo contaros lo que yo sé. Captando el contenido de la bolsa que ella porta no hay duda de que las piedras ya han sido cargadas tres veces: con el amor, la humildad y la solidaridad. Desconozco con quiénes os habréis encontrado en vuestro viaje, pero, sean quienes sean, han cumplido su misión. Ahora yo os entrego la cuarta virtud: la verdad. Ya habéis hecho más o menos la mitad del camino, y aún os quedan más encuentros antes de que termine el forjado. También hay otras piedras que no competen a los míos, pero que creo que también están ahí por una razón. Aunque sé el espíritu que empujó a su creación, no puedo deciros su propósito concreto cara al futuro, ya que depende de acontecimientos que están por venir y que nadie puede afirmar que llegarán a cumplirse, pero sí os pido que las cuidéis bien, pues en ellas quedan depositadas muchas esperanzas. Y eso es todo lo que puedo revelaros.

  Sin nada más por decir, se despidió de todos dejando a Mistral para el final. Apoyó su cabeza en la bolsa que colgaba de su cadera y murmuró:

  —Piedra de forja.

  Luego, sencillamente, se marchó.

  No es que las revelaciones del zifio hubieran servido para tener las cosas mucho más claras, pero, como poco había que pudieran hacer al respecto, no perdieron tiempo en elucubraciones y retomaron su viaje hacia el sur.



sábado, 22 de marzo de 2014

´La mujer-río (en honor del día mundial de la poesía)

Me proponía hacer solo una entrada al mes coincidiendo con los "encuentros" con mamíferos marinos que tienen Élias y su grupo en su viaje por el mediterráneo, como una llamada de atención sobre ellos y sus difíciles circunstancias. Y aún es mi propósito. Pero ayer fue el día mundial de la poesía y me gustaría hacer una excepción. Os presento un cuento-poema que escribí hace ya algún tiempo y, como no es raro en mí,  acaba, digamos, mirando al mar...Esa es una buena razón para que acabe en este blog. Espero que os guste.
Se trata de la voz de un hombre "conversando" con su hija,  reflejando cuatro momentos vitales, y dice así:


Mira, ya hemos llegado... ¿No merecía la pena? Además, tú no te quejes que venías en mis hombros, que yo he hecho todo el trabajo. Me estás mirando risueña, sabes que me estoy riendo y aún sin saber el porqué te gusta verme contento. ¡Cómo te ha puesto tu madre! ¡Si pareces una bola de ropa con niña dentro! Solo se te ven los ojos... es cierto, estoy contento.

Desde que viniste al mundo soñaba con mostrarte esto. Aunque ella tiene muchos años aquí nace en primavera... Si ella, porque aunque sean masculinos todos los nombre que lleva, tu y yo sabemos que es ella... ¿Cómo iba a ser de otra manera?...

Siéntate aquí, al socaire. Aún hace bastante frío. Será porqué estamos altos. Será porque aún no es marzo. Ella gusta de empezar lo más cerquita del cielo, entre las cumbres más blancas donde todo es puro y nuevo. Cómo tú, vaguita mía, apenas quiere moverse y se entretiene jugando a derretirse y filtrarse...  Mira hacia aquellos neveros, ya los últimos que quedan, ¿Ves como se vuelven poza? ¿Ves como se vuelven charca? ¿Ves como se vuelven ella?

¿No te movías decía? Pero serás sinvergüenza... si hasta en eso eres como ella, que cuando te das la vuelta ya se ha vuelto torrentera... ven conmigo, ten cuidado, que aquí hay mucha piedra suelta. Mete la mano en el agua. ¡Qué fría está todavía!... Esas son lentejas de agua y si apartamos un poco estos mantos esmeralda verás ranas y tritones escondiendo perlas blancas.

¡Está tan guapa mi niña chapoteando en el agua! ¿Tienes frío, ratoncito? Tus mofletes están rosas y tu nariz colorada. Cómo nos viera tu madre  seguro nos regañaba... Mira, en ese otro laguillo, donde crece la espadaña, la pata edredón esconde, precavida, su nidada. Ven a esconder tus manitas en su plumosa maraña. Ves qué rico calorcito... pero no toques los huevos o no vendrá mamá pata.

¿Escuchas? Por allá abajo, descendiendo la montaña ella se ha vuelto cascada. Pero aquí habla muy bajito, deshelándose en hilachas, o simplemente se calla... Como tú, cariño mío, que sólo hablas con miradas y sonrisas desdentadas. ¡Qué bueno es este silencio que nos acaricia el alma! Silencio que sólo rompe el silbo del mirlo acuático o algún croar de las ranas...

Pero, ¿en qué estaría pensando? Si aún no os he presentado: “niña río, ésta es mi niña; mi niña, ella es el río...” Las dos sois nuevas y bellas, aún estáis comenzando, sois tan solo una ilusión de promesas y de hallazgos.

Y es que sois tan parecidas... esos rizos que se escapan de tu gorrito de lana son sus flores de ranúnculo, amarillas y tempranas; tus labios su flor del berro, tan rosada y delicada y tus tupidas pestañas, musgo de fuente en montaña. Sois curiosas, y obstinadas... y nunca seréis más sabias.

¿Qué te pasa, mi princesa? Te estás frotando los ojos, tienes cara de cansada... Los días aún son muy cortos y nos queda la bajada... Ven a mis brazos, gordita, que ya volvemos a casa. Dejamos el nacedero, nos despedimos de ella, seguimos nuestro camino, volveremos a encontrarla, mañana, quizás mañana. Vámonos, tu madre aguarda...






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¿Y protesta porque no pescamos ninguno?... Si es que esta niña no calla. Que si Laura me ha hecho aquello, que si el cole es un plomazo, que si esas hojas de sauce dan en el agua arañazos, que si mira aquel pinzón presumiendo en el ribazo...

Calla un poco, por favor. Y estate más quietecita... como si fueras un junco o un carrizo de la orilla. Mira cuantos peces nadan en el agua cristalina: tencas, percas y escardinios; rutilos, bremas y truchas; y allá arriba en el torrente, algún salmón y algún coto, luchando contracorriente.

Nada, que esto es imposible... No me extraña que tu piel luzca tantos cardenales. Hala, yo también dejo la caña y te acompaño a bañarte, pero ten mucho cuidado que aún es fuerte la corriente, que ella baja desbordada, atrevida y prepotente.

¿Te acuerdas de aquella vez que la viste entre las nieves? Ha crecido, como tú, y ahora es más independiente. Ahora ella corre mucho, está hecha una atolondrada, se pelea con las piedras, se columpia entre las ramas...

También ha hecho, como tú, muchísimas amistades. Mira aquella musaraña, bajo la flor de cuclillo... se divierte salpicándola. Con la nutria chapotea fabricando remolinos... allí retozan traviesas, junto a los lirios floridos. Y, si esperas un poquito, verás un relámpago azul salir con algo en el pico... es el martín pescador que va de regreso al nido.

Ya que habéis vuelto a encontraros, ¿por qué no habláis un ratito? Ella dirá que ya es río, aunque todavía es torrente, tú le dirás que ya bajas con la bici las pendientes; ella dirá que le dicen que es bravía y que es rugiente, tú le dirás que en tu clase eres la más inteligente...

Seguís siendo tan iguales... En este mayo de Pascua de tibio sol y lluvia mansa sólo os veo como una, mitad alocada niña mitad mujer que aún aguarda. Quebradas y piernas largas, pecas y mucha rocalla, espuma e inconformismo, mucho oxigeno en el alma...

Ven a secarte a mi lado, siéntate sobre esta toalla. Come toda la merienda que tienes en esa cesta, que lo del pescado a la brasa es casi cosa de guasa. Que no hemos pescado nada con tu charla que te charla... Bueno, en fin, no pasa nada, que mamá ya iba avisada.

Vuelvo a mirarte a hurtadillas devorando tu bocata, con las piernas encogidas, masticando ensimismada. De tus cabellos mojados corren por toda tu espalda riachuelos revoltosos, hermanillos de tu hermana. Contemplas el agua rauda que devuelve tu mirada mientras ríe a carcajadas, pues una culebra de agua serpentea por su panza.

¿En que piensas, hija mía, que ahora ya no dices nada? ¿En que se acerca el verano?... Todavía falta un poco. ¿En qué harán ahora tus amigas? Cuándo llegues, al teléfono... ¿En qué el sábado, en el partido, Pablo no estaba mirando? Será que no pudo, cielo. Pensar que hace poco tiempo él era un tonto y un memo y ahora cada dos por tres, Pablo esto y Pablo aquello...

Bueno, si has acabado, mejor ya nos vamos yendo. Que mañana es día de cole y ya está anocheciendo. Coge las toallas, las cañas y la cesta y ven corriendo, a despedirte de ella que aunque se cree muy mayor aún es solo un arroyuelo. Pronto creceréis las dos y volveremos a vernos.



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¡Que buena idea has tenido con lo del paseo en barca! Es siempre tan apacible este recodo del río... Bueno, esta curva de ella, tú me entiendes... ¿verdad, hija? Qué bien el poder aislarnos por un rato de los otros; de los niños, de mamá, de Pablo, de la ciudad...

Mira hacia aquellos nenúfares que resisten la corriente. Es que ahora, en este tramo, ella ya es más reposada, desplegando en sus meandros una serena elegancia mientras sigue nuestro bote, desde los ojos del puente, con reflexiva mirada. ¿Ves la garza que rebusca en el fango con su pico? Ay, la hemos asustado... ya se aleja en la distancia.

Bueno, en fin, sigue remando. Y cuéntame de tu vida... ¿Vas a cambiar de trabajo? Pablo me ha estado contando que te exigen demasiado... Te veo un poco más llena, como ella, con más curvas... ¿Estás de nuevo esperando? Tú bien sabes que me encanta ejercer como abuelazo, pero tres, según se mire, pueden ya ser demasiados.

¿Te acuerdas cuando, de niña, te traía hasta la orilla y te decía, a menudo, que ella y tú sois parecidas? Pues aún sigo pensándolo, más si cabe todavía; ella también ha cambiado, le ha trasformado la vida. Se ha vuelto más sinuosa, más pausada y comedida. La experiencia deja poso, erosiona el día a día... Además, y como tú, no para de parir vida; mira qué verde está todo aunque estemos en agosto y hasta el hablar dé fatiga...

Sonríes; estás pensando “Vaya loco charlatán, con sus tercos parecidos...” pues si, porque son verdad. Y si no mira adelante, hacia aquel llantén de agua, como alborotan sus hijos entre las inflorescencias; esa libélula es María, siempre la llevas tan guapa..., esa efémera, Rebeca, danzando sin ton ni son... y el caballito del diablo… pues Pablito, el cabezón.

Ahora te ríes... y bueno, así es como lo veo yo. Deja que reme yo un rato y sujeta tú el timón. O mejor suelto los remos y nos dejamos llevar, no es que me canse, que conste, es sólo para variar. Te confesaré una cosa; a veces creo que ella sabe que la quiero mucho, casi tanto como a ti... que sois mis niñas del alma y creo que ella también me quiere un poquito a mí. Vamos a cerrar los ojos... ¿Sientes como nos acuna, como nos mece en su abrazo?     Si es que está hecha una madraza, que ya te lo digo yo... Cuanto más mayor se hace ella, más niño me vuelvo yo.

¿Oyes? Nos están llamando... Que esperen un poco más. Ahora estás tan ocupada y te tengo, para mí solo, tan poco... Sigue cerrando los ojos y escucha el campo al pasar... Ah, que paz... Serán pesados ¡YA VAMOOS! Tenemos que regresar...  No sabes cuanto agradezco estos ratos que me das. Ayúdame a dar la vuelta y en el viaje de regreso mete la mano en el agua y dile que volverás.



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¿Notas el olor a mar? Cada vez estamos más cerca, pero aún no quiero llegar. Deja que agarre tu brazo, que con el bastón y todo me cuesta un poco avanzar... Hoy llevo tu camiseta, sabiendo que íbamos andar, que este frío de noviembre cala mucho... ya sabes, aquella que me pusiste de regalo en Navidad.

¡Qué bonita es la marisma! Te agradezco que me saques a menudo a pasear. Y es que ahora esta es la parte que más me gusta mirar. Ya sabes, la parte de ella... no me vayas a regañar. Es que, desde que no está tu madre, habló con ella mucho más. Sé que lo tomas a broma, pero me cuenta su historia y yo le cuento la mía. Ésta tú ya te la sabes porque también es la tuya, y quizás intuyas la suya, por esa misma razón:

Me habla de un río subterráneo que le robó el corazón, que le embriagó con sus aguas y se fundió con su amor, de los muchos afluentes que amamantó y que crió y que se marcharon lejos para cumplir su misión, de la paz que siente ahora cuando se acerca el final... ¿No te suena todo eso? Te dije que os parecíais ¿Tengo o no tengo razón?

Esta zona es más vacía, aquí ya no hay tanta vida... pero las aves y plantas que la habitan son más fuertes. La gaviota, el tarro blanco, el ostrero, la espartina. La vida nos hace fuertes, nos enseña a acomodarnos a la sal o a la diabetes... o incluso a la soledad. Y aunque las aguas que bajan ya no son tan cristalinas dejan limos empapados de paciencia y de piedad.

Vamos hasta aquella roca. Ya no quiero avanzar más. Y no es que esté cansado es que no quiero ver el mar. Me gusta mirarle a ella antes de desembocar. Sigue estando muy hermosa, igual que tú, mi tesoro. Y aunque ahora estés más sola, no debes sentirte inútil, aún tienes mucho por dar.

Mira hacia arriba; son ánades, que regresan de ultramar. Antes pasaron las ocas y los cisnes, faltan pocos por llegar. El invierno se aproxima. ¿Sabes dónde acabarán? Pues donde mi niña-río, que nunca envejecerá. Ella curará su cansancio, a sus crías nutrirá y por los siglos de los siglos, de la montaña al estuario, con las hijas de tus hijas su destino trenzará.

Vámonos, que tengo frío; me apetece regresar. Deja que coja tu brazo.

Adiós, mujer-río, adiós. Que te vas y no te vas. Que cambias y eres la misma, que siempre estarás naciendo y te mueres sin cesar.


Adiós, amiga querida, nos veremos en el mar.


domingo, 16 de marzo de 2014

Delfines listados en el mar balear. Envenenamiento + Hambre = Inmunodepresión.



Llevaban bastantes días de marcha cuando los tres coincidieron en el perímetro exterior con el delfín coeruleoalba que les había abordado en un principio. Aunque en la distancia las dos especies de delfines eran bastante semejantes, hacía tiempo que los amigos habían aprendido a reconocer el algo más robusto cuerpo de los listados, con sus tres características bandas oscuras laterales de distinta longitud que partían del ojo, frente al degradado verdoso-amarillento en forma de ocho sin banda alguna de sus hermanos más pequeños: los delfines comunes. En estos últimos era casi imposible distinguir entre machos y hembras, pero entre los delfines listados sí había una pequeña diferencia de tamaño, así que también sabían ya que aquel primer animal era una hembra.

  —¿Queda mucho para llegar a las Baleares? —inquirió Dicayos, haciéndose eco de una hambruna que no por intentar sobrellevarla estoicamente atormentaba menos el lento suceder de los días.

  —Tranquilo, no tardaremos en avistar la isla de Formentera —respondió ella intentando disimular su propia debilidad—. Ya falta poco.

  El mular, intentando que no se notara mucho, ayudaba a seguir el ritmo a un desfallecido Élias, así que Mistral se acercó más a la hembra para aprovechar su empuje. Fue entonces cuando se dio cuenta de su dificultosa respiración y su constante lagrimeo.

  —¿Te encuentras mal? —le preguntó preocupada.

  Por un instante pareció que el animal iba de nuevo a quitar importancia al asunto, pero un súbito abatimiento le hizo cambiar de parecer.

  —No muy bien... La verdad es que no muy bien. Llevo un tiempo que parece que lo cojo todo. Reconozco que los cetáceos en general, y los delfines en particular, somos de natural propensos a contraer parásitos y pequeñas infecciones, pero esto creo que ya no es normal. Si no son llagas en la boca son lesiones en el pliegue de las aletas o exceso de mucosidad o...

  —Inmunodepresión —murmuró Mistral para sí.

  La listado no pareció oírla porque siguió lamentándose.

  —Hace unos meses perdí al bebé que esperaba. Y no he sido la única a la que le ha ocurrido últimamente. Lo que más me preocupa es que ya han pasado varios años desde la última gran epidemia de morbilivirus, esa peste cetácea de carácter cíclico que suele golpearnos a los delfines con especial virulencia, y si volviera a producirse justo ahora, temo que, lejos de ser la habitual regulación interna de la especie, acabe siendo, dado lo bajísimas que parece que tenemos las defensas, una auténtica carnicería. Mis temores no deben impedirme seguir ayudando a los más débiles, pero me han llegado rumores de que se ha manifestado la enfermedad en algunos calderones y me angustia pensar que en vez de socorrer a otros, los listados, sin proponérnoslo, acabemos siendo los trasmisores del virus... Imagino que todo esto tiene que ver con una alimentación deficiente y con todas esas porquerías que envenenan el mar, pero ¿qué podemos hacer contra ello? —dijo la hembra, abatida.

  —Tranquila. Recientemente hemos estado nadando entre calderones y no parecían enfermos ni hemos oído nada al respecto. Quizás haya suerte y si de todos modos ese morbilivirus tiene que llegar lo hace el año que viene o más adelante, cuando ya estéis fuertes para combatirlo —dijo Élias, conmovido y a la vez admirado ante la entereza de la que hacía gala el animal.

  Tanto el chico como los demás eran conscientes de que, manteniéndose las condiciones ambientales del mar como hasta entonces, la demora de unos meses o unos años en la propagación de la epidemia no iba a significar en realidad ningún cambio a mejor, así que, aunque agradeciendo el gesto, el silencio en el que se sumió la hembra de delfín listado se revelaba vacío de esperanza.

  —De momento, aferrémonos a la ilusión —dijo Dicayos, intentando ahuyentar aquella terrible sensación de condena—. Si la vista no me engaña, aquello que se ve en lontananza es tierra, con lo que no debemos de estar lejos de la primera de las islas Baleares.

  Efectivamente, entre la neblina se podía distinguir ya el relieve de Formentera, así que, sabiendo que al menos su problema inmediato de alimentación estaría pronto subsanado, el grupo al completo se lanzó con nuevos bríos hacia aquellas aguas.

 

  *

 

  Los días que siguieron fueron toda una bendición después de unas jornadas tan difíciles. Primero sobre las magníficas praderas de posidonia oceánica de los fondos entre Formentera e Ibiza, y más tarde ya en el canal de Mallorca, explorando la montaña submarina de Ausias March y el menor y más profundo mont dels Oliva, descubrieron un rincón del Mediterráneo que por un tiempo pareció convertir la ingenua obcecación de los optimistas delfines comunes en una maravillosa realidad. Entre los campos verdes de los fondos blandos y las amplias extensiones de algas rojas o los longevos corales negros de los fondos rocosos, los viajeros pudieron por fin abastecerse del alimento que tanto necesitaban. Desde los pulpos blancos que hicieron las delicias de Pomodoro hasta los abundantes cabrachos, tres colas o papagayos nadando entre las rocas, así como gallos asomando sus colas arqueadas de la arena —repleta también esta de infinitas coquinas, berberechos y almejas—, ninguno de los viajeros se quedó con las ganas de darse un buen atracón.

  Sin embargo, tras una semana larga de reponer fuerzas, con los estómagos repletos regresó también la urgencia por ponerse de nuevo en camino. El grupo de listados y comunes aún tenía pendiente la volcánica elevación de Emile Baudot, una zona de vertiginosos desniveles donde también contaban con hacer suculentos descubrimientos, pero para Toniña y sus amigos eso suponía desviarse de su dirección noreste, con lo que tuvieron que despedirse agradecidos y disponerse a seguir ruta hacia la más septentrional de aquellas islas.

  Justo antes de la separación, la hembra enferma se dirigió a Mistral.

  —Creo que es a mí a quien corresponde... Me siento preparada —dijo mientras acercaba su cabeza a la bolsa que portaba la chica—. Piedra de forja —murmuró, y sin decir nada más se unió al grupo que ya se alejaba y se mezcló entre los demás.

  Como ya le ocurrió al despedirse del calderón negro, Mistral se sintió embargada de pronto por un honda emoción ante ese gesto final que no acertaba a entender, pero sus compañeros parecían impacientes por proseguir la marcha, así que dejó su desconcierto para mejor ocasión.




domingo, 16 de febrero de 2014

Calderones junto al mar de Alborán. Pseudo-ecoturismo y otras hierbas.

Mientras avanzaban por los golfos de Vera y de Mazarrón fueron comprobando una abundancia creciente de calamares que aportó a todos, desde el delfín a la foca monje, una dosis extra de reservas y de optimismo.

  —Probablemente se dirigen a la puesta de sus huevos —comentó Pomodoro—. Conque apostaría que estamos cerca de una siempre interesante montaña submarina. No es que haga ascos a los calamares, pero donde esté uno de sus exquisitos hermanos pulpos... Por no hablar de los meros y los congrios, que también se suelen esconder entre las paredes rocosas de estas montañas. Ummm... Sugiero que les sigamos. Ya veréis como no nos decepcionan.

  Pomodoro tenía toda la razón. Siguiendo la migración de los calamares no tardaron en llegar a las inmediaciones de la montaña del Seco de Palos, a poco más de veinte millas del cabo del mismo nombre. Y allí se encontraron con una cuantiosa congregación de cetáceos que, sin ser tan exclusivos en la dieta como sus homónimos grises, también se pirraban por los calamares: casi un centenar de calderones negros o comunes. Aunque en ese momento ninguno de ellos estaba pensando precisamente en comer.

  Ya podían haberse hecho una pequeña idea de lo que se iban a encontrar interpretando el despliegue de regalos con los que se habían topado desde que comenzaron a bucear por aquellos fondos. Pero, por desgracia, ni el mismo mar de Alborán estaba libre de ellos, así que su vista se había en parte acostumbrado. Restos de artes de pesca como boyas rotas, redes o cabos, aparejos perdidos dañando las colonias de esponjas y gorgonias y, ahora que se acercaban más, plásticos, botellas de vidrio y hasta algún que otro bañador. Pero fue el estridente ruido de un motor acelerando el que les empujó a la superficie para darse de bruces con los calderones.



  Estaban, según su costumbre, en pequeños grupos de ocho a quince individuos que se disgregaban y se volvían a juntar constantemente formando nuevas agrupaciones, pero, mientras nadaban por entre las distintas vainas o grupos familiares, todos permanecían atentos a lo que sin lugar a dudas era el alma de la fiesta: un barco de recreo que, a ratos a la deriva y a ratos desplazándose por entre los grupos, parecía estar ofreciendo a sus pasajeros toneladas de diversión. Los silbidos de los calderones quedaban ahogados por los chillidos de emoción y las risotadas de aquellos individuos que, entre copa y copa, aprovechaban el todavía benigno mar de otoño para darse un chapuzón entre delfines. Entre estos últimos, algunos se mostraban claramente esquivos, otros se limitaban a permanecer flotando en silencio, como durmientes, pero también había algunos que, haciendo honor a la gran sociabilidad de la especie, se acercaban continuamente a alguno de los dos extremos del barco, e incluso a los eufóricos nadadores, con la intención de jugar.

  Un hermoso macho, tan azabache como el resto, pero con un giboso melón y un peso cercano a las tres toneladas que demostraban que ya había entrado en la edad adulta, insistía en acercarse a la popa del barco, ahora parado, donde unas tres o cuatro personas voceaban y golpeaban el agua en un afán de atraerlo hacia allí. Un par de ellas trastabillaban forcejeando con una cámara de fotos, muertas de risa, mientras otras, cada vez que el calderón se aproximaba a la borda, parecían empeñadas en encasquetar una vistosa gorra de capitán en la cabeza del macho, al tiempo que pugnaban por abrazarlo uno por cada lado, con la intención de posar también para la foto.

  En el otro extremo de aquel circo, y en el otro extremo también en lo que a cordialidad se refiere, una docena de calderones observaba la escena. Había alguna cría, pero en su mayoría eran hembras muy mayores.

  —¡Son abuelas! —dijo Dicayos, alegre, dirigiéndose hacia ese grupo—. Tanto por mi parte mular como por mi parte Risso, hago buenas migas con los calderones negros. Venid, nos camuflaremos entre ellas y, de paso, seguro que aprendemos algo.

  —¿Qué quieres decir con abuelas? —preguntó Mistral, siguiéndole.
—Entre las humanas creo que también es normal vivir un largo periodo posreproductivo, pero te aseguro que en el resto del reino animal se trata de algo absolutamente excepcional. En esta gran familia que vemos ahí, en la que todos están emparentados, lo bueno que comporta seguir trayendo crías al grupo hasta el final no es nada comparado con la labor que hacen las hembras durante el cuarto de siglo que pueden llegar a vivir, no digo sin aparearse, por supuesto, pero sí sin tener ya más descendencia. La sociedad de los calderones es muy estable, con fuertes lazos familiares y sin las luchas entre machos tan frecuentes en otros grupos de cetáceos. Pero aunque será uno de estos machos el que pilotará la navegación del grupo, que siempre lo seguirá como una piña y sin titubeos, la cohesión de la familia y, lo que es más importante, su memoria cultural y su escuela de vida la llevan siempre consigo gracias a la presencia de las abuelas.

  Los cinco viajeros se habían incorporado al grupo a tiempo de participar de la conversación que allí tenía lugar.

  —Este nieto mío es tonto —estaba diciendo, sentenciosa, una de las hembras.

  —No digas eso —le reprendía otra—. Está demostrando tener todo lo necesario para ser un buen guía. Es una ballena piloto muy bien educada. Algún día seguro que será un gran líder.

  Ninguna de las presentes debió de ver nada desagradable en los recién llegados, porque continuaron hablando como si tal cosa.

  —A mí me lo vas a decir. Yo le he enseñado todo lo que sabe —respondió la primera—. Pero en estos momentos casi preferiría que mis lecciones no hubieran dado tan buen resultado. Reconozco que es modesto y humilde de espíritu, alegre y generoso, que sabe escuchar y que sabe aprender, y que está contento con lo que tiene y con lo que es. Yo personalmente le he recomendado siempre que practique la mansedumbre y que ame, por encima de todo, la paz. Siguiendo mis consejos, cuando tenga el poder de dirigir a la familia y el prestigio de ser la primera entre las ballenas piloto, seguro que lo hará con modestia, ecuanimidad y justicia, y será un buen guía. No habrá varamiento que pueda con él. Todo eso lo sé muy bien... Por eso me da tanta rabia que se deje escarnecer por esos indeseables.

  —No deberías pagarla con él por ser una criatura noble, abuela —intervino Dicayos, conocedor de que ese título era el más honorable entre los calderones—. Deberías enfadarte con aquellos que no saben tratarlo con respeto.

  —Tienes razón, hijo de Risso, tienes razón —respondió la anciana—, pero me duele tanto... Y me siento tan impotente. Durante toda su vida nuestros machos trabajan mucho por todos los demás, no solo como guías, sino también vigilando el perímetro mientras los demás duermen sobre las olas, buceando a las cotas más profundas para dejar la comida fácil a esos otros o ahuyentando orcas y tiburones con un valor suicida. Solo te diré una cosa: mientras nosotras tenemos una esperanza de vida de sesenta años, ellos habrán tenido mucha suerte si pasan de los cuarenta y cinco. Y ¿crees que toda esta patochada y otras muchas parecidas que incluso se las dan de serias y ecológicas son un reconocimiento a su coherencia y a su humildad?

  Por su parte, el macho en cuestión, bastante desconcertado porque aquellos seres no parecían querer jugar, sino tapar a toda costa su espiráculo con aquel engorro blanco y dorado, se había apartado un poco. Luego, siempre amigable, quiso trasmitir a los del barco que todo iba bien, y aunque ya no era una cría para ponerse a dar saltos, sí les ofreció unos briosos saludos con la cola y unos cuantos cucus de travieso espionaje. Como estaba pendiente de los del barco no se dio cuenta de que uno de los que ya se habían atrevido a saltar al agua se le acercaba por detrás. Con ínfulas de gallardo cowboy, le agarró de pronto por la aleta dorsal y se puso a cabalgarlo mientras ofrecía a su público triunfales gritos de victoria. Sobresaltado, el calderón intentó zafarse de su jinete sin comprender, perplejo, por qué sus amables gestos empujaban a aquellos seres a violentarle una y otra vez.

  Después de unas cuantas sacudidas, pudo al fin liberarse, y una extraña congoja le inundó el alma cuando aceptó por fin que los visitantes no acudían a él para mostrarle sus simpatías y socializar de igual a igual, sino para divertirse a su costa y alardear más tarde de ello.

  No parecía sentirse con fuerzas para darles otra oportunidad, así que buscó entre los distintos grupos de calderones aquel en el que siempre había encontrado consejo y amparo. En un instante, Élias y sus amigos tenían al formidable animal junto a ellos, apoyando dolido su cabeza en el cuello de su abuela.

  —Tranquilo, tranquilo, ya pasó —le dijo esta, acariciándole con sus esbeltísimas aletas—. Es esta maldita afabilidad nuestra, que a veces no nos permite discernir al que no es merecedor de ella. No te preocupes, todo está bien. Tienes en tu temple todo lo que distingue a un buen calderón.

  Acto seguido, la anciana se dirigió a una de las crías.

  —Esta situación ya es intolerable. Encárgate de que los grupos se vayan enterando de que partiremos de inmediato hacia el interior del mar de Alborán. Nieto querido, tú nos guiarás esta vez, me parece muy necesario que recuerdes que la humildad de espíritu no está reñida ni mucho menos con la dignidad. Y tú tienes, con creces, de las dos.

  A medida que los calderones iban reuniéndose al llegar la orden a los distintos grupos, el macho comenzó a observar a Mistral con creciente interés. No fue tanto la expectativa de estar al mando como la misteriosa conclusión a la que llegó tras aquel silencioso escrutinio lo que le hizo recuperar rápidamente su habitual buen humor. Como quien hace entrega de un preciado tributo o simplemente rinde honores, el calderón apoyó su melón en la bolsa que la chica llevaba colgada a la cadera mientras murmuraba: «piedra de forja». Su actitud reflejaba ahora una gran satisfacción.

  Mistral y sus amigos no tuvieron apenas tiempo de mostrar su desconcierto cuando, obedeciendo un discreto gesto de la abuela, su nieto, decidido, se puso a la cabeza del ahora compacto grupo. Contrastando con su pausada forma de nadar anterior, todos a una, los negros calderones, con unos buenos siete nudos de velocidad e indiferentes ahora a los gritos de llamada de los contrariados humanos, enfilaron hacia aguas más meridionales.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Declaración de intenciones II

En las próximas entradas presenciaréis ocho encuentros en, también ocho, lugares muy concretos del mar Mediterráneo. En cada uno de ellos, una determinada especie de cetáceos será mostrada, encarnada en la existencia particular de alguno de ellos, existencia que se nos revelará marcada por cada una de las principales afrentas que el ser humano ha perpetrado a este mar nuestro de cada día y a sus criaturas.
He encontrado una imagen que puede ayudarnos a clarificar y resumir mis nuevos propósitos. Aquí la tenéis:


Como podéis ver, en la ilustración aparecen los cetáceos más emblemáticos del Mediterráneo pero, para que se ajuste correctamente a lo relatado en El destino de Élias (cuyas  "ocho pequeñas historias" serán las que, sucesivamente, os vaya presentando), es preciso que haga algunas matizaciones. En primer lugar, el rorcual aliblanco es solo un visitante ocasional, así que en realidad no aparece en la novela al no ser, en puridad, un "habitante" del Mediterráneo. En segundo lugar, las orcas no se adentran más allá de las "puertas" de este mar, ciñéndose a las aguas del estrecho de Gibraltar. Además, con respecto al papel de Toniña y Dicayos, la cosa se torna un poco más complicada: Las marsopas, que también aparecen en el cuadro, no se encuentran actualmente en el Mediterráneo, quedando "arrinconadas" en algunos puntos del mar Negro y con respecto a mi querido Dicayos, se trata de un ejemplar mestizo por lo que, en relación a la imagen que os muestro, su aspecto sería más o menos el de una mezcla entre el delfín mular y el calderón gris o delfín de Risso. Pero no nos apresuremos; en la entrada anterior ya os decía que las escenas en las que también acaban entregando ambos su correspondiente virtud a las Piedras de Ceto ( la primera y la última en el argumento) las dejo para el final, así que no hay ninguna prisa por aclarar esto último...
Lo que si quiero adelantaros mínimamente son las circunstancias de los otros séis anónimos cetáceos que completan el octeto. Así, pronto conoceréis a un macho joven de calderón negro que el grupo encuentra en aguas aún próximas al mar de Alborán, a una hembra adulta de delfín listado en el mar Balear, a un anciano zifio en el mar Tirreno, a dos rorcuales gemelos en el límite entre la cuenca occidental y la oriental, entre Sicilia y Túnez, a un ejemplar infantil de delfín común en el mar Jónico y a una hembra madura de cachalote muy cerca ya del mar de Creta. Se trata pues de un recorrido bastante pormenorizado por toda la anchura del mare nostrum, desde el estrecho de Gibraltar en el oeste hasta las puertas del muy oriental mar Egeo.
Esto es todo en cuanto a declaración de intenciones. Muy pronto, empezaré con el primero de esos ocho encuentros, encuentros en los que, como os he dicho, se mostrará, a un tiempo, una determinada práctica destructiva  por parte del ser humano y un determinada conducta animal, positiva y ejemplar, como respuesta. 
Ese primer encuentro se producirá en los primeros días del 2006 con una apacible familia de calderones, no muy lejos del cabo de Palos...

martes, 11 de febrero de 2014

Nueva etapa. Declaración de intenciones.

Han pasado casi nueve meses sin asomar la nariz por aquí y reconozco que así hubiera seguido la cosa, dando vueltas y más vueltas a cómo retomar este blog, si no me hubiera topado con una noticia que me ha revuelto mucho por dentro... Se trata de la anual matanza de calderones negros en las costas de las islas Feroe, la misma matanza que denuncié hace casi exactamente un año y que, puntualmente, ha vuelto a teñir de rojo las aguas de ese rincón de la muy civilizada Dinamarca. Por ello, no sé qué pasará más adelante con este blog pero, por de pronto, he decidido emplear los meses siguientes en "volver" a la presentación de algunos animales marinos que salen en mis novelas, tomando como hilo conductor el mar Mediterráneo.



Pero no es mi intención ni repetirme ni probar vuestra paciencia por lo que no será, lógicamente, un mero insistir en lo mismo... Ahora cambiaré un poco el enfoque y, para ello, esta vez me ceñiré al argumento de la segunda de la trilogía, El destino de Élias. Así, me limitaré a los ocho cetáceos que sirven de hitos de la novela, pues a lo largo de la trama éstos, uno a uno, serán lo que bendigan cada una de las reliquias sagradas que portan los humanos protagonistas en su largo viaje por el Mediterráneo: Las piedras de Ceto. 
Ahora, en esta especie de "segunda vuelta de tuerca" de un mismo tema, ya no habrá ni artículos de la wikipedia, ni reflexiones personales ni vídeos alusivos... No. Para acceder a esa información, podéis seguir acudiendo a las entradas sobre cada uno de esos cetáceos y sobre otros muchos animales marinos que hice durante el 2013. Ahora me limitaré a colgar (aún no sé con qué frecuencia) un mero fragmento de la novela, aquel en el que se produce el encuentro entre uno de esos ocho animales y el grupo de viajeros, así como la subsiguiente entrega de una determinada virtud en el momento del adiós. Serán ocho fragmentos, ocho encuentros; nada más. Y lo haré porque en todos hay un triste factor común, más allá de la concesión de aquella virtud que quedará custodiada en cada una de las Piedras de Ceto: Estos ocho encuentros en las vidas concretas de estas ocho criaturas marinas muestran los muchos daños que se les infringen en nuestros mares a los animales en general y a los mamíferos marinos en particular. Esos ocho precisamente han sufrido en sus propias carnes un abuso muy concreto y es por ello que han acabado siendo  los elegidos para entregar una determinada virtud también muy concreta, "rescatada" como quien dice de ese mismo dolor. 
Y, como supongo que habréis adivinado, empezaré esta nueva etapa del blog con el encuentro con un calderón negro, aunque en esta ocasión el sufrimiento que narro en el fragmento de la novela no será el que padecen estos pobres animales en las islas Feroe, año tras año, sino otro diferente y aunque muchísimo menos salvaje, igualmente cruel y abusivo. En cualquier caso, este será, de alguna manera, tanto ahora como en las entradas que vengan después, mi pésame y mi homenaje pero, sobre todo, mi reivindicación de unas vidas inocentes que lo único que esperan es poder completar en paz su existencia bajo las olas del mar.
Al primero y al último de estos ocho cetáceos, al alfa y al omega en la concesión de su correspondiente virtud, los reservo para el final por razones que también al final comprenderéis. Y como, dejando aparte ese animal primero, los calderones negros son los más tempranos en aparecer en la trama, nada más abandonar el grupo el mar de Alborán y comenzar su aventura por el Mediterráneo propiamente dicha, la aparición de los demás también irá a su debido tiempo a nivel argumental y en consonancia con el avance del grupo de oeste a este a lo largo de toda la anchura de este "mar de dolores".
Espero que las sucesivas entradas os sirvan para comprender mejor a todos estos animales marinos, para entender sus penurias y, por qué no, para encariñaros aún más con ellos, al igual que me ha ocurrido a mí. Porque, como ya he dicho en más de una ocasión, estoy convencida de que "solo se defiende lo que se ama, y solo se ama aquello que se conoce".
Ojalá el año que viene por estas fechas, haya tanta gente en defensa de los calderones de las islas Feroe y se consiga cambiar, por fin, tanto las cosas, que esas aguas permanezcan en todo momento azules. Maravillosa y serenamente azules.